04/03/2025
"A esas tempranísimas alturas del año pasado, ya sabía que tenía cáncer, el tercero en su expediente clínico: uno le había costado medio pulmón, otro, como él mismo dijo, “una mínima peluquería de la próstata”, y ahora éste, el que lo mató finalmente hoy en la mañana. Helena me dio la noticia, a solas en el hotel Camino Real, cuando la acompañé a fumar en una zona al aire libre.
“Noté que le estaba cambiando el color de la cara. Edu, le dije, eso no es normal, vamos al médico. Y resultó cáncer, otra vez, maldita sea”. Helena se moría de pánico nada más de pensar que se le muriera en México. Era el primero de noviembre de 2012. Ellos habían venido porque Eduardo tenía que clausurar un importantísimo congreso de sociólogos latinoamericanos leyendo un texto de 40 minutos. Pero aún faltaban algunos días para eso. […]
Uno de los efectos secundarios del medicamento era que se le había puesto la piel color betabel y se le estaban despellejando las manos. Desde Montevideo el médico les había recomendado esa mañana que se untara una pomada especial de no sé qué y que se tapara las heridas con curitas. Esto ayudará a entender, a quienes vean la foto que mi hija le tomó en la Rotonda, por qué tiene en las manos tantos parchecitos. […]
Helena me había contado la víspera. “Estábamos en la casa cuando lo invitaron a venir acá. Yo le dije que no, le dije que viajar así era una locura. Y no sé de dónde le salió el espíritu anglosajón y me dijo. Prefiero ir que quedarme aquí, a morirme como un perro”. “Tiene toda la razón”, observé. “Sí, pero Jaime, no sabés la angustia que tengo, es demasiada responsabilidad para una”.
Dos noches más salimos a cenar. Una al D.O, en Polanco, ya no tan bueno como antes, o sería que estábamos todas y todos con desgano. Para él fue un esfuerzo comerse unos huevos rotos, pero de todos modos, como siempre, estar con ellos fue un regalo de lujo. Y la parte femenina de una simpática parejita de brasileños, amigos de un amigo de Eduardo, inmortalizó esta conseja: “No hay que vivir ni tan cerca de la suegra para que venga con pantuflas, ni tan lejos para que venga con maletas”.
En la puerta de ese restaurante, ya de salida, me tendió la mano –la pomada había surtido su efecto–, me dio un apretón y me dijo con humor autoparódico: “Jaimito, sobreviviré aunque me cueste la vida”. Hoy cumplió su promesa. Desde esta mañana, dice la gente en Tuiter, Eduardo Galeano es inmortal".
"Sobreviviré aunque me cueste la vida", artículo de Jaime Avilés, 13 de abril de 2015.