14/05/2026
En 2014, la controversial artista británica Tracey Emin realizó una entrevista y, al ser interrogada sobre la compatibilidad de ser madre y ser artista, contestó: “Hay buenos artistas con hijos. Por supuesto que hay. Son llamados hombres”. La frase condensó una tensión que había atravesado la historia del arte y que se volvió visible tanto en las condiciones de producción como en las formas de representación.
El recorrido comenzó en el lugar desde el que se construyeron las imágenes. Durante siglos, la maternidad se configuró desde una mirada masculina que la fijó como símbolo. La Virgen con el Niño en la pintura renacentista, desde Raphael hasta Leonardo da Vinci, estableció un modelo donde el cuerpo materno aparecía contenido, sereno, organizado en una escena de equilibrio. La imagen funcionó como estructura cultural que ordenó la idea de cuidado, continuidad y origen.
En el siglo XIX, esa estructura se desplazó hacia una intimidad más cercana. Pierre-Auguste Renoir construyó escenas donde la relación madre-hijo se volvió luminosa y táctil. La proximidad física ganó presencia, el gesto se volvió central, y la maternidad se consolidó como espacio de afecto contenido. En ese mismo momento, Mary Cassatt introdujo una variación decisiva. Sus composiciones situaron a la madre como sujeto activo dentro de la relación y desplazaron la escena hacia la práctica cotidiana: el cuidado apareció como tarea, como tiempo sostenido, como trabajo que organizó la imagen.
El siglo XX abrió un campo más amplio donde la maternidad se inscribió en experiencias concretas. Käthe Kollwitz desarrolló una iconografía marcada por la guerra, la pobreza y la pérdida; sus figuras maternas protegieron y sostuvieron en contextos de violencia histórica. En la obra de Frida Kahlo, la maternidad se articuló desde el cuerpo propio. Piezas como Henry Ford Hospital o Mi nacimiento presentaron el ab**to, la sangre y la imposibilidad con una frontalidad que colocó la experiencia física en el centro de la imagen.
En paralelo, Remedios Varo desarrolló una línea donde la maternidad se vinculó con procesos de transformación. En Papilla estelar, alimentar implicó traducir y generar energía; la escena se organizó como un sistema de transmisión donde lo doméstico adquirió una dimensión productiva.
Dentro del contexto mexicano, la maternidad se integró a narrativas sociales más amplias. En La maternidad, José Clemente Orozco construyó una figura de gran densidad física, mientras que en Madre proletaria, David Alfaro Siqueiros situó la maternidad en relación con el trabajo y la condición de clase. En estos casos, la figura materna se expandió hacia lo colectivo: encarnó a la nación, a la clase, a una estructura social. Más adelante, F***y Rabel abordó la escena cotidiana desde una cercanía que incorporó tensión emocional en la relación madre-hijo, desplazando la imagen hacia una dimensión más íntima y situada.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, la maternidad entró en la obra como proceso. Louise Bourgeois trabajó la figura materna desde la memoria, el cuerpo y la estructura psíquica, mientras que Mary Kelly construyó en Post-Partum Document un archivo donde la crianza se registró a través del lenguaje, los objetos y el tiempo. La maternidad se incorporó como práctica que organizó la producción artística.
En lo que va del siglo XXI, la maternidad se despliega en múltiples direcciones y formatos. Sophie Calle trabaja la ausencia y las relaciones afectivas; Rineke Dijkstra registra el cuerpo materno inmediatamente después del parto; Laia Abril investiga la historia del ab**to y sus implicaciones sociales; Tania Bruguera vincula maternidad, política y control social; Regina José Galindo utiliza el cuerpo para abordar violencia, género y poder.
A lo largo de este trayecto, la maternidad pasó de ser un motivo representado a constituirse como un lugar desde el cual se produce. Este desplazamiento modificó la posición de quien crea y reconfigura la relación entre experiencia y representación. La maternidad introduce una forma de conocimiento situado que atraviesa el cuerpo, el tiempo y las condiciones materiales de trabajo, alterando lo que puede ser visto, dicho y sostenido dentro del campo artístico.