02/06/2026
Este fin de semana conocí a María y su proyecto . Curiosamente, su historia no comenzó en el maíz. Comenzó en la educación.
Durante años viajó, trabajó en distintos lugares y buscó formas de aportar algo a la sociedad. En ese camino llegó a la sierra de Puebla como maestra y fue ahí donde ocurrió algo inesperado: mientras ella enseñaba, también comenzó a aprender.
Aprendió sobre el campo, sobre las semillas, sobre las personas que las cuidan y sobre la importancia de conservar conocimientos que han pasado de generación en generación.
Con el tiempo, la vida la coloco en una posición que implicaría enseñar a los jóvenes a emprender y una pregunta empezó a acompañarla: ¿Cómo puedo enseñar de ésto si yo nunca he emprendido? Esa necesidad de congruencia la llevó a iniciar un proyecto alrededor del maíz.
Lo que comenzó con la idea de compartir tortillas para el mundo, terminó abriendo la puerta a un universo mucho más amplio: bebidas fermentadas, postres, técnicas tradicionales de cocina, historias, memoria y cultura.
En el taller vivencial nos presento al Tejuino, Pozol y Atole agrio. Tres bebidas distintas nacidas del mismo ingrediente y transformadas por el tiempo, los microorganismos y el conocimiento acumulado durante generaciones.
Pero quizás lo que más me llevé no fue el sabor. Fue la sensación de que detrás de algo tan cotidiano como un grano de maíz existe un mundo entero que muchas veces dejamos de ver.
Hablamos mucho de innovación y de encontrar siempre algo nuevo en lo cotidiano. Quizás nosotros también necesitamos recordar aquello que ha estado aquí todo el tiempo.
Gracias María por tu proyecto guiado desde tu completa intuición, servicio y por compartir una mirada tan sensible sobre el maíz, la tradición y las personas que la sostienen.
¿Habrá algo cotidiano en nuestra vida que creemos conocer, pero cuya profundidad aún no hemos descubierto?