16/07/2026
La primera vez que llevamos Arellano a Drunkendog, yo manejé sola a CDMX por primera vez. Bueno, no tan sola, porque iba con una amiga que me hacía segunda, pero sí era mi primer viaje en carretera manejando hacia la ciudad con cajas de chela, nervios y esa emoción rara de emprendedor novato que no tiene claro qué va a pasar con su vida. Drunkendog fue uno de los primeros lugares en CDMX que nos abrió la puerta. Y eso no se olvida. Porque cuando vas empezando, cada sí se siente enorme.
Cada lugar que te recibe, cada persona que prueba tu cerveza, cada barra que decide darte chance, se vuelve parte de la historia. Ese viaje, además, nos salió carísimo porque me emocioné comprando chelas. Entré a Drunkendog y, claro, había que probar, conocer, ver qué estaban sirviendo, emocionarse como ñoña cervecera. Así también se aprende este oficio. Han pasado años desde eso. Han cambiado cervezas, rutas, etiquetas, planes y un montón de cosas más.
Pero hay algo bien bonito: Arellano sigue ahí. Todavía pueden encontrar nuestras chelas en Drunkendog, una de esas barras que han acompañado el camino desde temprano y que siguen siendo parte de la escena cervecera de CDMX.
Si andan por la ciudad, cáiganle.
Pidan una Arellano.
Déjense recomendar.
Y brinden por esos lugares que abren la puerta cuando una cervecería apenas va encontrando camino.