31/10/2025
Hay en la centenaria casona de La Troje un rumor que no cesa. No es el del viento ni el roce del maíz seco contra los tejados; es un suspiro antiguo, una respiración apenas perceptible que se desliza entre los muros como si las paredes mismas conservaran memoria.
Cada otoño, cuando el aire se torna denso y las flores de cempasúchil iluminan la penumbra, Doña Loreto Andrade Santana vuelve a cruzar el umbral. No con el paso de los vivos, sino con la gracia silenciosa de quien jamás se ha ido del todo.
Es ella la guardiana de esta casa desde hace más de medio siglo: señora de firme mirada, de manos que sabían tanto de ternura como de autoridad. Amó cada rincón —las vigas, los corredores, el rumor del agua del pozo al amanecer— y su alma, reacia a abandonar lo que amó, decidió quedarse. Desde entonces, quien entra en La Troje siente, sin saber por qué, una calma inexplicable, una suerte de abrigo invisible que disuelve el peso del mundo.
En las noches quietas, cuando el piano antiguo despierta con notas graves y dolientes, hay quienes aseguran verla reflejada en los cristales, observando con benevolencia a los comensales, a los músicos, a los enamorados que brindan bajo la tenue luz de las velas. Su sombra, leve y benigna, custodia el fuego, los aromas, la vida misma que se celebra en esta morada centenaria.
Por eso, cada Día de Mu***os, la casa se viste de flores, pan y copal. La ofrenda se levanta como un puente entre tiempos: velas encendidas, un retrato amarillento y un pequeño vaso de vino para el alma que aún vela y protege. No es un altar para la muerte, sino un homenaje a la presencia protectora que sostiene la casa desde su misterio.
Y así, mientras las notas de una marcha lenta se confunden con el murmullo del viento, los visitantes sienten —aunque no lo nombren— que algo los acompaña. Es Doña Loreto, eterna anfitriona, madre espectral de la casa, quien abre la puerta invisible entre este mundo y el otro para que todos los que llegan a La Troje sean bienvenidos, amparados y recordados.