05/06/2026
Rawayana: la noche en que Mérida habló venezolano
Por Adolfo Calderón Sabido
El Uber se la jugó en el periférico: patrullas, conos, autos atorados por un accidente y la desesperación de los que ya pagamos boleto y no queremos perdernos el inicio. En la entrada del Foro GNP la revisión fue casi quirúrgica. Piernas, cintura y hasta bolsillos para fuera.
—¿Y ahora quién me sube las calcetas? —le dije al de seguridad.
El hombre se rió lo suficiente. Compré mi sudadera en $1300 con esa pendej* esperanza de que algún día valga como recuerdo y no como gasto. Pasamos el último filtro y cinco minutos después apareció la banda como si viniera de Telchac Puerto: bermudas, camisas abiertas y cero poses de rockstar. El escenario era la sala de una casa de latinoamerica. Había plantas, sillones, lámparas y una luna enorme colgando; como si hubieran decidido tocar en su casa y simplemente invitarnos a ocho mil personas. Y ahí entró Soltero. La canción era una patada en la puerta, en la que, al pasar, nos explotó la música en el pecho.
Rawayana era una discusión política y una tienda de ropa usada al mismo tiempo. Lo mejor fue cuando Beto Montenegro usó la camisa de I love Mérida, y la cosa dejó de ser show para volverse gesto. No de esos cursis de artista que “ama a su público”. No. Era otra cosa, era un tipo diciendo: vine hasta acá, me puse tu ciudad en el pecho, ahora préstame la noche, y pues, se la prestamos.
Luego vino Bienvenidos a la Tierra. La gente se abrazaba, cantaba, bailaba. Break, Naguará, Me pasa. Canción tras canción, sin pausas ni explicaciones innecesarias. Rawayana entiende algo que muchos olvidan; no pagamos para escuchar anécdotas. Pagamos para sentir. Cuando sonó Uber, el Foro entero se convirtió en una pista de baile. La pantalla repetía la palabra una y otra vez. La gente cantaba el coro y recordé al conductor heroico que le metió caña para llegar. Después llegaron Reymiller, 30 K, 911 y el concierto se volvió más funky, más nocturno.
La banda era una máquina perfectamente aceitada: bajo gordo, percusiones caribeñas, guitarras afinadas por humo, cerveza y tequila. El Foro era un sudor yucateco que convirtió a desconocidos en una sola bestia cantando. La michelada costaba 250 pesos. Un asalto con hielo y chile. La compartimos porque así se sobrevive en los conciertos: repartiendo alcohol caro, espacio mínimo y entusiasmo ajeno. Rawayana venía de ganar el Grammy al Mejor Álbum por ¿Quién trae las cornetas?, su primer Grammy americano, y eso pesaba en el aire aunque nadie lo dijera. Pesaba como pesan las cosas que una banda se gana después de años de tocarle a gente que baila, llora, migra, manda remesas y aprende a desayunar nostalgia los domingos en otro país. Entonces con el grammy en la mano, levantó el brazo y dijo “Lo que es nuestro también es de ustedes” apareció el discurso. Como descarga. “Mis compatriotas, levantemos nuestra cabeza con orgullo…” Y ahí se abrió otra tarima dentro de la tarima. Guaco. Simón Díaz. Canserbero. Akapellah. Los Amigos Invisibles. llorarás, llorarás que todos traemos tatuado en alguna parte. Beto no estaba dando gracias. Estaba pasando lista. Estaba nombrando a los suyos para que no se perdieran entre aeropuertos, trabajos de sol a sol, rentas vencidas, papeles, burlas, acentos y la pi**he obligación de sonreír en países que no siempre te reciben con una sonrisa. “Gracias por recibir bien a los venezolanos”, dijo. Y ahí estuvo lo más duro de la noche. Porque no sonó a frase bonita para levantar el aplauso fácil. Sonó a migrante. A alguien que sabe que ser bien tratado fuera de tu país no debería sentirse como milagro, pero a veces se siente. “A mí, México también me trató bien, cuando viví aquí”. Remató.
Esa noche había venezolanos cantando en Mérida y yucatecos cantando como si Caracas nos quedará a tres cuadras. Pensé entonces en las dos Méridas. La nuestra, plana, caliente, pegada al mar. Y la otra, la venezolana, rodeada de montañas. Dos ciudades separadas por miles de kilómetros que durante horas compartieron el mismo nombre, las mismas canciones, el mismo coro. Eso no es inclusión de folleto. Eso es música haciendo el trabajo que la política no sabe hacer sin cobrar viáticos y además aparecer en las fotos.
En la pantalla apareció un mensaje: Quítale la llave al que está ebrio. Mejor que cualquier programa oficialista. Luego vino el golpe después de la canción Domingo familiar, Veneka. ahí ya no era solo música. Era una palabra arrancada del insulto y puesta a bailar frente a todos. Una palabra que había sido usada para joder, para señalar, para rebajar, y que esa noche la gente gritaba como quien recupera una cartera robada. Veneka no nació como himno migrante, pero terminó metida en el pleito grande de identidad, xenofobia y orgullo venezolano; incluso provocó bronca política y la cancelación de una gira en Venezuela después de las críticas de Maduro. Eso se sentía en el Foro. No porque alguien lo explicara. Porque la gente lo cantaba con rabia alegre. Con esa alegría peligrosa de los pueblos que ya lloraron demasiado y ahora quieren perrear con los dientes apretados.
Luego vino el set acústico. Beto bajó. Rodeo el Foro y fue hasta donde estábamos los que no pudimos pagar un boleto para estar sentados. Él, se acercó a la gente. Tocó manos. Cantó encima de una tarima minúscula como si el escenario le hubiera quedado lejos. Arriba, las gradas parecían veladoras encendidas. Abajo, los celulares eran armas blancas grabando todo. Ví a una mujer frente a él con gorra blanca, vaso rojo, la cara subida hacia la canción. Esa imagen explica más que cualquier crónica: la fe moderna es un artista sudado cantándote a medio metro mientras tú sostienes una cerveza carísima y olvidas por tres minutos que la vida te trae madreado. Entendí que lo verdaderamente democrático no es que los fans veamos al artista, es que el artista se meta con los fans que no pudimos pagar un boleto caro.
La recta final llegó Como de sol a sol Después Mal portada, Amor de contrabando, Another Night, Ingles en Miami, cada una empujando más fuerte que la anterior hasta que miles de pedazos de confeti cayeron desde el cielo. Como si hubieran triturado una bandera, una piñata y una deuda emocional encima de todos nosotros. Llegó Se vienen cositas cuando ya estaban nuestras gargantas rotas y nuestros cuerpos sudados. Beto dijo que faltaba una más y arrancó Goodbye song como ese último trago que te tomas cuando la fiesta ya terminó pero todavía no quieres regresar a casa. Afónicos; cantamos con él el último coro. La banda no se guardó nada. Eso hay que decirlo. Hay artistas que terminan fingiendo que se van para inflar el ego y regresan luego a cobrar el aplauso pendiente. Rawayana no. Rawayana se fue como se va la gente que ya entregó el cuerpo y el corazón. Si esa palabra cursi, pero ya no encuentro mas para decir Rawayana Gracias, c**o, por emocionarme. Por dejarnos empapados, afónicos, felices, jodidos de los pies, pero parchados de curitas en la gastritis, las deudas, los hijos, la culpa, la vida real.
Se abrazaron. Hicieron reverencia. Y se fueron. Pero la música, cabrona como es, no se fue con ellos. Se quedó dando vueltas en mi cabeza, mezclada con el humo, los 250 de la michelada, la camisa de I love Mérida, el chofer de Uber, el guardia de las calcetas, los venezolanos cantando lejos de casa y los mexicanos cantando como si también hubiéramos perdido algo al cruzar una frontera. Salimos del Foro con algo encendido. No sé si era patria. No sé si era fiesta. No sé si era puro alcohol bajo luces rojas. Pero sé que fue algo chingón. Y eso, cuando una banda lo consigue, ya no se llama concierto. Se llama quedarse sonando. O tal vez, solo fue, el estar dos horas dentro de la sala, de una casa venezolana gigantesca, donde nadie conocía a nadie, y, sin embargo, todos parecíamos primos.
Rawayana