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30/09/2026

Morena abre proceso para definir coordinaciones distritales federales en todo el país

Del 1 al 4 de octubre estará abierto el registro para quienes aspiren a coordinar los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en los 300 distritos electorales federales.

Morena puso en marcha un nuevo proceso de organización territorial rumbo a la consolidación de sus estructuras en todo el país. El Comité Ejecutivo Nacional emitió la convocatoria para definir a las personas que ocuparán las Coordinaciones Distritales Federales de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, documento aprobado por unanimidad desde el pasado 31 de agosto.

La convocatoria comprende los 300 distritos electorales federales del país y establece que las personas designadas tendrán entre sus funciones fortalecer la organización territorial, contribuir a la integración de los comités y participar en el cumplimiento de las estrategias organizativas y políticas determinadas por los órganos nacionales de Morena.

Registro del 1 al 4 de octubre

El periodo de registro será del 1 al 4 de octubre de 2026, de 9:00 a 18:00 horas, mediante la plataforma habilitada por el partido.

Cada aspirante podrá solicitar su registro únicamente para un distrito federal. En caso de presentar solicitudes para distintos distritos, solamente será considerado válido el último registro realizado.

Entre los requisitos generales se encuentran ser mexicano por nacimiento, mayor de edad y haber nacido en la entidad federativa correspondiente al distrito en el que se pretenda participar o acreditar una residencia efectiva mínima de seis meses.

La convocatoria también establece restricciones para determinados cargos internos de Morena, integrantes de distintos órganos partidistas y personas que desempeñen cargos o comisiones en los gobiernos federal o estatales o en los poderes judiciales, salvo que hayan presentado la separación correspondiente en los términos previstos por el documento.

Asimismo, las personas aspirantes deberán cumplir diversos requisitos relacionados con antecedentes por violencia, obligaciones alimentarias, derechos partidistas y formación política. Entre ellos se establece la realización de al menos una actividad de formación ética y política organizada por el Instituto Nacional de Formación Política.

La trayectoria territorial tendrá peso

Uno de los puntos centrales de la convocatoria es la valoración de la trayectoria de quienes busquen participar.

El currículum deberá destacar la experiencia profesional, laboral y política, así como los atributos ético-políticos, la participación en causas sociales y democráticas, la aportación al proceso de transformación y, particularmente, el trabajo territorial y comunitario desarrollado por cada aspirante.

Además de revisar el cumplimiento documental, la Comisión Nacional de Elecciones realizará una valoración integral que podrá considerar la trayectoria política y social, antecedentes, reconocimiento territorial, atributos éticos, afinidad con los principios del movimiento y participación en actividades de formación política.

Esto significa que el proceso no se limitará a cumplir requisitos administrativos. La convocatoria establece expresamente que presentar correctamente la documentación no garantiza la aprobación del registro ni genera por sí mismo derecho a ocupar una coordinación.

Encuestas y estudios de opinión

Cuando exista más de un perfil considerado idóneo para una coordinación distrital, Morena podrá recurrir a encuestas o estudios de opinión.

Si se identifican más de seis perfiles, la Comisión Nacional de Elecciones podrá realizar previamente un sondeo para determinar hasta seis personas con mayor reconocimiento territorial y posteriormente someterlas a la etapa de encuesta o estudio de opinión.

La convocatoria contempla incluso la posibilidad de realizar hasta dos ejercicios de encuesta y, cuando así se determine, contar con encuestas espejo elaboradas por empresas especializadas.

El principio de paridad de género también será aplicado en la definición final de las coordinaciones, por lo que la Comisión Nacional de Elecciones podrá realizar los ajustes que considere necesarios para garantizar el equilibrio establecido en la convocatoria.

Trabajo casa por casa y austeridad

Para quienes obtengan un registro aprobado, las actividades territoriales estarán sujetas a reglas específicas.

La convocatoria contempla recorridos casa por casa, reuniones vecinales y asambleas en plazas, lugares públicos o espacios cerrados cuando las condiciones lo requieran.

Al mismo tiempo, prohíbe expresamente los actos dispendiosos de promoción, anuncios espectaculares, el uso de recursos públicos, programas sociales, condicionamientos, coacción y la entrega de dinero, bienes o beneficios con la finalidad de obtener apoyos dentro del proceso.

Gobernadores, integrantes de sus gabinetes, presidentes municipales, funcionarios municipales de primer nivel, coordinadores parlamentarios y dirigentes nacionales o estatales de Morena, entre otros cargos enumerados por la convocatoria, deberán mantener imparcialidad y abstenerse de intervenir a favor o en contra de los participantes.

Definiciones antes de terminar el año

La Comisión Nacional de Elecciones será la encargada de conducir la revisión, valoración y definición de los perfiles.

De acuerdo con la convocatoria, la relación de registros aprobados deberá publicarse a más tardar el 31 de diciembre de 2026. Las publicaciones y notificaciones relacionadas con el proceso serán realizadas a través de los medios oficiales del partido.

El proceso abre así una etapa importante de reorganización territorial para Morena: durante los próximos meses se medirán trayectorias, presencia territorial, capacidad organizativa y reconocimiento entre quienes busquen convertirse en coordinadores de alguno de los 300 distritos federales del país.

UNIDAD POR LA TRANSFORMACIÓN | Pendiente por completar por responsable

24/09/2026

LA LITERATURA HA MU**TO

Por Adolfo Calderón Sabido

El cadáver tiene buena presentación. Sonríe, sostiene un libro recién impreso, agradece a sus lectores y anuncia que la obra ya se encuentra disponible. Debajo aparecen cuarenta felicitaciones de personas que nunca la leerán. Alguien escribe que es una voz imprescindible de las letras contemporáneas. Otro asegura que su talento no conoce fronteras. Un tercero le desea que continúen los éxitos. Todos se conocen. Todos escriben. Todos se felicitan. Pero, ¡carajo! Nadie lee.

Antes, para escribir una novela mala, por lo menos había que sentarse a escribirla. Ahora basta con tener una computadora, una suscripción a ChatGPT y la estúpida convicción de que el mundo necesita conocer nuestra “interesante" vida. La inteligencia artificial se encarga de ponerle palabras a esa necesidad de reconocimiento.

Me subo a mi albarrada de face y encuentro publicaciones atiborradas de palabras pulcras que parecen recién salidas de una fábrica de sentimientos. Todo es resiliencia, transformación, gratitud, luz, sombras, cicatrices que florecen y silencios cursis que gritan. Los escritores ya no están tristes: transitan procesos. No abrazan sus demonios. No se quedan sin ideas: descubren la supuesta belleza sin habitar el vacío.

Hay tanta insulsa profundidad que uno termina ahogándose en el charco de una tapita de refresco.

Lo peor no es que las máquinas escriban. Lo peor es que hayamos descubierto que buena parte de lo que considerábamos literatura podía fabricarse sin que casi nadie notara la diferencia.

Una máquina produce en veinte segundos una reflexión sobre la muerte, el amor, la soledad o la infancia. Le piden que sea conmovedora, que tenga un tono poético, que resulte desgarradora. Después copian el resultado, lo publican y esperan que alguien les diga que son extraordinarios. Y se los dicen.

Naturalmente. Los extraordinarios también necesitan que les devolvamos el favor. No me preocupa demasiado que la inteligencia artificial termine escribiendo novelas. Me preocupa que los escritores hayamos decidido parecernos a ella. Que sea la que marque ahora lo que es bueno o malo, las tragedias humanas.

En Yucatán conocemos bien el fenómeno de inflar las cosas. Tenemos los globos que se venden en las ferias, los pavos que se engordan para Navidad y a los políticos que, después de ganar una elección, empiezan a caminar como si hubieran inventado el henequén.

Pero hay algo que se infla más rápido que un globo en la feria de Xmatkuil: el ego de un escritor al que acaban de entregarle un reconocimiento.

Uno lo ve llegar con su libro debajo del brazo, saludar discretamente a las personas importantes y sentarse donde pueda salir mejor en las fotografías. Los he visto pelear lugar en la foto como los vaqueros pelean reja en las corrida. Si lo presentan como poeta, se molesta porque también es narrador. Si lo presentan como narrador, recuerda que además es ensayista. Si olvidan mencionar sus premios, seguramente el presentador recibirá una llamada al día siguiente.

Hay escritores que llevan tantos reconocimientos colgados que parecen consultorios llenos de diplomas. Y, sin embargo, no estoy seguro de que tengan algo que decir.

Durante años he visto personas más preocupadas por conseguir una presentación que por terminar un buen libro, más interesadas en integrar un jurado que en corregir un párrafo, más pendientes de las convocatorias que de encontrar una voz propia.

Conozco gente que se presenta como escritora o escritos antes de haber escrito algo.

Y conozco escritores extraordinarios que se morirán sin que nadie les entregue una medalla. La literatura nunca ha sido particularmente justa. Tampoco tiene por qué serlo. Debo confesar algo antes de que alguien vaya a buscar mis fotografías donde también peleé reja . Yo también caí. También confundí durante algún tiempo el oficio con el reconocimiento. También esperé resultados de concursos, imaginé presentaciones, disfruté los aplausos y experimenté esa pequeña satisfacción miserable que produce encontrar nuestro nombre impreso junto a la palabra escritor. Y me gustó. Sería bastante hipócrita escribir lo contrario. Hay algo profundamente seductor en que un desconocido considere valioso lo que uno escribió encerrado en una habitación. El problema empieza cuando uno deja de escribir para encontrar a ese desconocido y comienza a fabricar lo que supone que le gustaría escuchar y lo peor es que ahora ya lo haga una APP. Entonces el reconocimiento deja de ser una consecuencia y se convierte en el propósito. Es una trampa para tramposos. Porque el escritor comienza engañándose a sí mismo, continúa engañando a los lectores y termina creyendo que la literatura le debe algo por haber tenido la amabilidad de pedirle a ChatGPT que lo escriba.

Durante años pensé que convertirse en escritor significaba publicar libros, ganar concursos y conseguir que alguien pronunciara mi nombre durante una ceremonia.

Ahora sospecho que escribir consiste, entre otras cosas, en aprender a soportar que a nadie le importe. Que uno pueda pasar tres años trabajando en una novela, destruirla, empezar de nuevo y descubrir que el mejor párrafo era precisamente el que acababa de borrar. Que pueda escribir algo bueno y no publicarlo. Que sea capaz de reconocer que su última página es una mi**da, aunque veinte amigos le hayan dicho que es maravillosa.

Eso cuesta más trabajo que recibir un premio. Los libros este era de IA salen como tortillas. Calientitos. Uno detrás de otro.

Hay quienes anuncian su tercera novela cuando todavía no han terminado de promocionar la segunda. Otros publican poemarios con la regularidad de una panadería. Cada libro tiene su presentación, su fotografía, sus palabras de agradecimiento y, de ser posible, una reseña escrita por alguien que espera recibir exactamente el mismo tratamiento cuando le llegue su turno. No tengo nada contra las tortillas. Al contrario. Una buena tortilla exige oficio, materia prima y fuego. Y tiene una virtud que muchos libros han perdido: alguien la necesita para saciar el hambre. El problema es que confundimos la facilidad de imprimir con la necesidad de publicar.

Las editoriales independientes han permitido que aparezcan voces que antes no encontraban espacio. Eso es magnífico. La publicación digital ha derribado barreras que durante décadas mantuvieron la literatura en manos de unos cuantos. También es magnífico.

Pero ninguna imprenta, plataforma o herramienta tecnológica puede resolver una pregunta que debería atormentar a cualquiera que pretenda publicar un libro.

¿Para qué? No para quién. No cuánto. No dónde será la presentación ni qué funcionario escribirá el prólogo. Para qué demonios estamos escribiendo. Si la respuesta es conseguir que nos llamen escritores, quizá resulte más barato mandar a imprimir unas tarjetas de presentación. Hace años entrevisté a Carolina Luna. Recuerdo sus libros, sus gatos, sus historias y aquella manera suya de hablar de la literatura sin convertirla en una ceremonia religiosa. Había vivido lo suficiente para saber que un escritor también puede ser un miserable, un mentiroso o un completo hijo de la chingada. La literatura no santifica a nadie. Carolina murió y hoy su escritorio está en Pixan, en Telchac Puerto. A veces lo miro. Es solamente un escritorio. No tiene poderes especiales ni conserva el talento de quien lo utilizó. Si mañana me siento frente a él y escribo una estupidez, seguirá siendo una estupidez, aunque la haya escrito sobre el escritorio de Carolina Luna. Pero me recuerda algo que ninguna inteligencia artificial puede regalarme: la vida que una persona tuvo que vivir para escribir chingonas cosas. Sus equivocaciones, pérdidas, contradicciones. Sus años.

No creo que el sufrimiento convierta automáticamente a nadie en escritor. Hay gente que ha sufrido muchísimo y escribe espantosamente. También existen autores capaces de construir grandes obras desde la imaginación. Pero sí creo que escribir exige una relación personal con lo que se cuenta. Una responsabilidad. Algo que no pueda resolverse solicitando que un programa vuelva más emotivo el tercer párrafo. Tampoco voy a cometer la estupidez de declarar enemiga a la inteligencia artificial mientras utilizo sus herramientas. Confieso. La he utilizado.

La máquina tiene una virtud peligrosa. Nunca se cansa de complacernos. Es el asistente ideal para un escritor que no soporta que le digan que escribe mal. Y ahí comienza el verdadero problema. Durante siglos los escritores necesitaron enemigos, críticos, editores y amigos capaces de decirles que su texto tiene dos partes y romperles la hoja. Ahora podemos encerrarnos con una máquina que, si no sabemos utilizarla, terminará ayudándonos a construir monumentos a nuestra propia mediocridad. Una cosa es utilizar una herramienta para trabajar. Otra muy distinta es pedirle que tenga algo que decir en nuestro nombre. La inteligencia artificial no tiene la culpa de nuestra vanidad. Simplemente la ha vuelto más productiva.

Quizá por eso me he vuelto desconfiado de las grandes declaraciones literarias. Cuando encuentro a alguien anunciando que su libro transformará la manera de entender el amor, prefiero esperar a que transforme primero una página aburrida en algo leíble. Cuando leo que una obra constituye una aportación imprescindible a las letras mexicanas, me pregunto quién decidió que era imprescindible y cuántos ejemplares compró.

Y cuando aparece otra publicación explicándome que escribir es un acto de resistencia, sospecho que alguien acaba de descubrir una nueva manera de conseguir treinta likes.

Lo que quisiera recuperar es cierta vergüenza. La vergüenza de publicar una página que todavía no está terminada. La vergüenza de recibir un elogio que sabemos inmerecido. La vergüenza de descubrir que llevamos más tiempo promocionándonos que escribiendo.

Y, sobre todo, la vergüenza de llamar literatura a cualquier cosa que produzca suficientes reacciones en una pantalla.

Estoy trabajando en una novela. Hay días en que la detesto. Otros consigo escribir una página que me parece buena y al día siguiente descubro que solamente estaba de buen humor.

Borro capítulos. Recupero personajes. Cambio una frase veinte veces y termino dejando la primera. En ocasiones me pregunto si tiene algún sentido seguir trabajando en una historia que quizá nunca encuentre lectores. Entonces recuerdo que nadie me obligó a escribirla. Tampoco me prometieron un premio. Mucho menos un lugar en la historia de la literatura. Escribo porque hay historias que no consigo sacarme de la barriga y porque todavía experimento una satisfacción difícil de explicar cuando encuentro una frase que dice exactamente lo que necesitaba decir.

La net; siempre sucede. Casi nunca y tal vez ésa sea la diferencia entre escribir y producir contenido. El contenido necesita publicarse. La literatura necesita existir, incluso cuando nadie la está mirando.

La literatura ha mu**to. Su funeral se celebrará próximamente en algún centro cultural. Habrá una mesa de honor, seis escritores, dos funcionarios, un fotógrafo y una persona encargada de transmitir la ceremonia por Facebook.

El maestro de ceremonias hablará de la importancia de preservar nuestras letras. Los participantes agradecerán la invitación y explicarán que vivimos tiempos difíciles para la creación literaria. Alguien citará a Borges. Otro mencionará a García Márquez. Nadie recordará quién fue el primero en decir que la literatura había mu**to. Después vendrán las fotografías. Los agradecimientos. Las felicitaciones. Los reconocimientos. Alguien anunciará que ya está preparando su próximo libro.

Y mientras todos celebramos el extraordinario acontecimiento, quizá haya un ca**ón sentado en algún lugar de Mérida, frente a una computadora o sobre una libreta manchada de café, tratando de encontrar la palabra exacta para terminar una oración que lleva tres días escribiendo. No sabe si van a publicarlo. No tiene una presentación programada. Ni siquiera está seguro de que lo que escribe sea bueno.
Borra la oración. Empieza de nuevo. Si: el muy pendejo todavía cree en la literatura.

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10/09/2026

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Hoy, en el cumpleaños de Carolina Luna, recuperamos una conversación que vale la pena volver a leer.El escritor Adolfo C...
07/09/2026

Hoy, en el cumpleaños de Carolina Luna, recuperamos una conversación que vale la pena volver a leer.

El escritor Adolfo Calderón Sabido entró a su casa para entrevistarla y salió con algo más: una conversación sobre literatura, excesos, amistades, enfermedad, memoria y esa manera feroz que tenía Carolina de mirar la vida sin pedirle permiso a nadie.

García Ponce, Monsreal, Goya, George Michael, Pat Benatar, borracheras, libros y funerales atraviesan esta charla con una escritora que incluso frente a la muerte conservó el humor y la lengua afilada.

Hoy Carolina cumpliría años.

Desde Macondo la recordamos como mejor se recuerda a un escritor: leyéndolo y dejándolo hablar.

“Love is a Battlefield” — Adolfo Calderón Sabido entrevista a Carolina Luna.

Entrevista a Carolina Luna Por Adolfo Calderón Sabido We are strong No one can tell us we’re wrong. Pat Benatar Love is a battlefield. Live from earth. (Holly Knight yRead More...

CUANDO LOS COLORES DEJARON DE IMPORTARLa chapulineada mexicana                                                     Por M...
20/08/2026

CUANDO LOS COLORES DEJARON DE IMPORTAR
La chapulineada mexicana

Por Mariana López

Cuando María cumplió siete años, su papá le regaló una caja de lápices de colores que aprendió a cuidar como un tesoro. Los tiempos eran duros y un regalo así era un lujo que merecía respeto.

Antes de dibujar, María ordenaba los crayones: primero los rojos, después los amarillos, luego los verdes y, al final, todos los tonos de azul.

Para ella, cada color tenía un lugar, una personalidad y una función.

El rojo servía para las flores.
El verde, para los árboles.
El azul, para el cielo y el mar.

Quizá por eso se fijó en la camisa del hombre que llegó una tarde a casa de su abuela.

Era temporada electoral.

El hombre vestía de azul y venía acompañado por varias personas que repartían folletos, sonrisas y promesas. Saludó a los adultos con familiaridad, cargó a su hermanito Jesús para una fotografía y aseguró que, si ganaba, arreglaría la calle, mejoraría el alumbrado y lograría que el agua llegara todos los días.

María no entendía de elecciones.

Pero sí entendía de colores.

Un par de años después volvió a verlo.

El rostro, apenas un poco más regordete, era el mismo. También la manera de estrechar las manos, sonreír frente a las cámaras y hablar como si conociera de toda la vida a cada persona que encontraba.

Solo había algo diferente.

Esta vez vestía de otro color.

—¿No era de los azules? —preguntó María.

Los adultos de la casa se miraron, se rieron y alguien respondió:

—Sí, pero ahora está con los otros.

María quiso saber por qué.

Nadie pudo explicárselo demasiado bien.

—Así es la política —le dijeron.

Y punto.

Ella aceptó la respuesta porque, cuando uno es niño, todavía cree que los adultos entienden mejor el mundo.

Con los años dejó de ordenar sus lápices, pero nunca dejó de observar los colores de la política mexicana.

Los colores cambiaban.
Los discursos se acomodaban.
Los nombres, casi nunca.

Un día recordó los chapulines que aparecían en el jardín de su abuela después de la lluvia. Bastaba acercarse para verlos brincar de una hoja a otra, sin permanecer demasiado tiempo en ninguna.

Aquellos políticos comenzaron a parecerle iguales.

Chapulines.

Volvió a pensarlo cuando conoció el caso de Rommel Pacheco. En 2021 llegó a la Cámara de Diputados bajo las siglas del PAN. Para 2024 ya figuraba en Morena.

Del azul al guinda.

De una fuerza política a otra que durante años se había presentado como su adversaria.

Entonces volvió aquella pregunta que la acompañaba desde niña:

Si las personas tienen derecho a cambiar de ideas, ¿también los políticos?

Por supuesto.

El problema es otro.

En México, demasiadas conversiones ideológicas parecen coincidir, curiosamente, con el calendario electoral.

Y no solo cambian los políticos.

María había crecido escuchando que el PAN y el PRI representaban proyectos distintos, incluso irreconciliables. Por eso, años después, verlos unidos electoralmente para enfrentar a Morena le produjo la misma extrañeza que había sentido de niña.

Ya adulta, había cambiado los lápices por las preguntas.

Intentaba ordenar las contradicciones de la política, pero los colores ya no parecían significar lo mismo.

Los datos reforzaban aquella impresión: entre 2006 y 2022 se registraron 218 cambios de grupo parlamentario en la Cámara de Diputados. Cien ocurrieron en una sola legislatura y una parte importante se concentró hacia el final de los periodos legislativos, cuando comienza la búsqueda del siguiente cargo.

El chapulín no siempre saltaba porque la planta hubiera dejado de representar sus valores.

A veces saltaba porque desde la planta vecina se alcanzaba mejor la próxima candidatura.

Tiempo después, María obtuvo una beca y se fue a estudiar a Francia.

Aprendió otro idioma, se acostumbró a inviernos más largos y descubrió que las discusiones políticas podían ocupar una cena completa.

Un día vio en las noticias que un político abandonaba su partido para acercarse a otro movimiento.

La escena le resultó demasiado familiar.

—¿Aquí también chapulinean? —preguntó.

Su pareja no entendió la palabra, así que María se la explicó.

—Sí pasa —respondió—. Aquí hablamos de transfuge politique.

Francia también tenía ejemplos.

Éric Besson pasó del Partido Socialista al gobierno de Nicolas Sarkozy. Gérald Darmanin dejó la derecha tradicional y terminó convertido en una de las figuras del macronismo.

Los saltos existían.

También las contradicciones.

Pero María percibió una diferencia.

En Francia, esos cambios todavía solían narrarse como rupturas: tenían fechas, explicaciones, polémicas y costos públicos.

En México, el salto había llegado a formar parte de la carrera política al grado de que inventamos una palabra que cualquier ciudadano entiende inmediatamente:

chapulinear.

En Francia podían ser acontecimientos.

En México, demasiadas veces, parecían rutina.

María recordó entonces al hombre que había visitado la casa de su abuela.

Primero azul.
Después de otro color.
Siempre la misma sonrisa.
Casi las mismas promesas.

De niña creyó que los colores servían para distinguir las ideas.

La política de su país terminó enseñándole que, demasiadas veces, solo sirven para distinguir la temporada electoral.

Tal vez el problema no sea que los políticos cambien.

Las personas cambian. Las sociedades cambian. También las ideas pueden cambiar.

El verdadero problema comienza cuando nadie explica por qué; cuando los partidos dejan de exigir coherencia; cuando las convicciones duran exactamente lo mismo que una candidatura disponible.

Y, sobre todo, cuando los ciudadanos dejamos de preguntar.

Porque María había formulado la pregunta correcta desde los siete años:

—¿No era de los otros?

Los adultos se habían reído.

Quizá porque no supieron qué responder.

O quizá porque, desde hacía mucho tiempo, ellos también habían dejado de distinguir los colores.

Mariana López

15/07/2026

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13/07/2026

Delfines en Telchac

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