Macondo

Macondo Colectivo Macondo es el primer bar en el que puedes tomar un trago, mientras disfrutas de una lectura o del suave rasgueo de una guitarra.

Todos los fines de semana tenemos promociones. Los sábados son de trova y si la magia lo permite, también de eventos literarios.

15/07/2026

GOOOOOOOOOOOOL
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13/07/2026

Delfines en Telchac

Nuestros amigos de Pixan Telchac Puerto nos comparten esta belleza

😂
06/07/2026

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Estos son rivales extranjeros de altura y que respetan a nuestro país.¡Lean esto que publicó la selección de korea!👇​"Es...
19/06/2026

Estos son rivales extranjeros de altura y que respetan a nuestro país.

¡Lean esto que publicó la selección de korea!👇

"Estimados hermanos y hermanas mexicanos. 🇲🇽 ❤️ 🇰🇷

​Desde el primer día que llegamos a su país, nos hicieron sentir como en casa. Su hospitalidad, amabilidad y apoyo son algo que nunca olvidaremos.

​Esta noche tenemos un partido importante por delante, pero más allá del resultado, queremos decir que la amistad entre México y Corea es más fuerte que nunca. 🤝

​Durante 90 minutos seremos rivales en la cancha. Fuera de ella, seguiremos siendo amigos y hermanos, porque el respeto y el cariño que nos han mostrado significan mucho más que cualquier marcador.

​Pocos países en el mundo pueden hacer que la gente se sienta como en casa estando a miles de kilómetros de sus familias. México ha hecho exactamente eso. 🇲🇽 👏

​Les deseamos la mejor de las suertes esta noche. Que gane el mejor equipo. ⚽

​¡Viva México! 🇲🇽 ❤️ 🇰🇷

​¿Ustedes qué opinan de este gran gesto de hermandad?
¡Los leemos en los comentarios! 👇

Rawayana: la noche en que Mérida habló venezolano                                         Por Adolfo Calderón Sabido El ...
05/06/2026

Rawayana: la noche en que Mérida habló venezolano

Por Adolfo Calderón Sabido

El Uber se la jugó en el periférico: patrullas, conos, autos atorados por un accidente y la desesperación de los que ya pagamos boleto y no queremos perdernos el inicio. En la entrada del Foro GNP la revisión fue casi quirúrgica. Piernas, cintura y hasta bolsillos para fuera.
—¿Y ahora quién me sube las calcetas? —le dije al de seguridad.

El hombre se rió lo suficiente. Compré mi sudadera en $1300 con esa pendej* esperanza de que algún día valga como recuerdo y no como gasto. Pasamos el último filtro y cinco minutos después apareció la banda como si viniera de Telchac Puerto: bermudas, camisas abiertas y cero poses de rockstar. El escenario era la sala de una casa de latinoamerica. Había plantas, sillones, lámparas y una luna enorme colgando; como si hubieran decidido tocar en su casa y simplemente invitarnos a ocho mil personas. Y ahí entró Soltero. La canción era una patada en la puerta, en la que, al pasar, nos explotó la música en el pecho.
Rawayana era una discusión política y una tienda de ropa usada al mismo tiempo. Lo mejor fue cuando Beto Montenegro usó la camisa de I love Mérida, y la cosa dejó de ser show para volverse gesto. No de esos cursis de artista que “ama a su público”. No. Era otra cosa, era un tipo diciendo: vine hasta acá, me puse tu ciudad en el pecho, ahora préstame la noche, y pues, se la prestamos.

Luego vino Bienvenidos a la Tierra. La gente se abrazaba, cantaba, bailaba. Break, Naguará, Me pasa. Canción tras canción, sin pausas ni explicaciones innecesarias. Rawayana entiende algo que muchos olvidan; no pagamos para escuchar anécdotas. Pagamos para sentir. Cuando sonó Uber, el Foro entero se convirtió en una pista de baile. La pantalla repetía la palabra una y otra vez. La gente cantaba el coro y recordé al conductor heroico que le metió caña para llegar. Después llegaron Reymiller, 30 K, 911 y el concierto se volvió más funky, más nocturno.

La banda era una máquina perfectamente aceitada: bajo gordo, percusiones caribeñas, guitarras afinadas por humo, cerveza y tequila. El Foro era un sudor yucateco que convirtió a desconocidos en una sola bestia cantando. La michelada costaba 250 pesos. Un asalto con hielo y chile. La compartimos porque así se sobrevive en los conciertos: repartiendo alcohol caro, espacio mínimo y entusiasmo ajeno. Rawayana venía de ganar el Grammy al Mejor Álbum por ¿Quién trae las cornetas?, su primer Grammy americano, y eso pesaba en el aire aunque nadie lo dijera. Pesaba como pesan las cosas que una banda se gana después de años de tocarle a gente que baila, llora, migra, manda remesas y aprende a desayunar nostalgia los domingos en otro país. Entonces con el grammy en la mano, levantó el brazo y dijo “Lo que es nuestro también es de ustedes” apareció el discurso. Como descarga. “Mis compatriotas, levantemos nuestra cabeza con orgullo…” Y ahí se abrió otra tarima dentro de la tarima. Guaco. Simón Díaz. Canserbero. Akapellah. Los Amigos Invisibles. llorarás, llorarás que todos traemos tatuado en alguna parte. Beto no estaba dando gracias. Estaba pasando lista. Estaba nombrando a los suyos para que no se perdieran entre aeropuertos, trabajos de sol a sol, rentas vencidas, papeles, burlas, acentos y la pi**he obligación de sonreír en países que no siempre te reciben con una sonrisa. “Gracias por recibir bien a los venezolanos”, dijo. Y ahí estuvo lo más duro de la noche. Porque no sonó a frase bonita para levantar el aplauso fácil. Sonó a migrante. A alguien que sabe que ser bien tratado fuera de tu país no debería sentirse como milagro, pero a veces se siente. “A mí, México también me trató bien, cuando viví aquí”. Remató.

Esa noche había venezolanos cantando en Mérida y yucatecos cantando como si Caracas nos quedará a tres cuadras. Pensé entonces en las dos Méridas. La nuestra, plana, caliente, pegada al mar. Y la otra, la venezolana, rodeada de montañas. Dos ciudades separadas por miles de kilómetros que durante horas compartieron el mismo nombre, las mismas canciones, el mismo coro. Eso no es inclusión de folleto. Eso es música haciendo el trabajo que la política no sabe hacer sin cobrar viáticos y además aparecer en las fotos.

En la pantalla apareció un mensaje: Quítale la llave al que está ebrio. Mejor que cualquier programa oficialista. Luego vino el golpe después de la canción Domingo familiar, Veneka. ahí ya no era solo música. Era una palabra arrancada del insulto y puesta a bailar frente a todos. Una palabra que había sido usada para joder, para señalar, para rebajar, y que esa noche la gente gritaba como quien recupera una cartera robada. Veneka no nació como himno migrante, pero terminó metida en el pleito grande de identidad, xenofobia y orgullo venezolano; incluso provocó bronca política y la cancelación de una gira en Venezuela después de las críticas de Maduro. Eso se sentía en el Foro. No porque alguien lo explicara. Porque la gente lo cantaba con rabia alegre. Con esa alegría peligrosa de los pueblos que ya lloraron demasiado y ahora quieren perrear con los dientes apretados.

Luego vino el set acústico. Beto bajó. Rodeo el Foro y fue hasta donde estábamos los que no pudimos pagar un boleto para estar sentados. Él, se acercó a la gente. Tocó manos. Cantó encima de una tarima minúscula como si el escenario le hubiera quedado lejos. Arriba, las gradas parecían veladoras encendidas. Abajo, los celulares eran armas blancas grabando todo. Ví a una mujer frente a él con gorra blanca, vaso rojo, la cara subida hacia la canción. Esa imagen explica más que cualquier crónica: la fe moderna es un artista sudado cantándote a medio metro mientras tú sostienes una cerveza carísima y olvidas por tres minutos que la vida te trae madreado. Entendí que lo verdaderamente democrático no es que los fans veamos al artista, es que el artista se meta con los fans que no pudimos pagar un boleto caro.

La recta final llegó Como de sol a sol Después Mal portada, Amor de contrabando, Another Night, Ingles en Miami, cada una empujando más fuerte que la anterior hasta que miles de pedazos de confeti cayeron desde el cielo. Como si hubieran triturado una bandera, una piñata y una deuda emocional encima de todos nosotros. Llegó Se vienen cositas cuando ya estaban nuestras gargantas rotas y nuestros cuerpos sudados. Beto dijo que faltaba una más y arrancó Goodbye song como ese último trago que te tomas cuando la fiesta ya terminó pero todavía no quieres regresar a casa. Afónicos; cantamos con él el último coro. La banda no se guardó nada. Eso hay que decirlo. Hay artistas que terminan fingiendo que se van para inflar el ego y regresan luego a cobrar el aplauso pendiente. Rawayana no. Rawayana se fue como se va la gente que ya entregó el cuerpo y el corazón. Si esa palabra cursi, pero ya no encuentro mas para decir Rawayana Gracias, c**o, por emocionarme. Por dejarnos empapados, afónicos, felices, jodidos de los pies, pero parchados de curitas en la gastritis, las deudas, los hijos, la culpa, la vida real.

Se abrazaron. Hicieron reverencia. Y se fueron. Pero la música, cabrona como es, no se fue con ellos. Se quedó dando vueltas en mi cabeza, mezclada con el humo, los 250 de la michelada, la camisa de I love Mérida, el chofer de Uber, el guardia de las calcetas, los venezolanos cantando lejos de casa y los mexicanos cantando como si también hubiéramos perdido algo al cruzar una frontera. Salimos del Foro con algo encendido. No sé si era patria. No sé si era fiesta. No sé si era puro alcohol bajo luces rojas. Pero sé que fue algo chingón. Y eso, cuando una banda lo consigue, ya no se llama concierto. Se llama quedarse sonando. O tal vez, solo fue, el estar dos horas dentro de la sala, de una casa venezolana gigantesca, donde nadie conocía a nadie, y, sin embargo, todos parecíamos primos.

Rawayana

La mar de Telchac Puerto también pasa lista                                     Por Adolfo Calderón SabidoHe estado en o...
02/06/2026

La mar de Telchac Puerto también pasa lista

Por Adolfo Calderón Sabido

He estado en otros Días de la Marina. He visto discursos aburridos, bandas de guerra, funcionarios acomodándose la camisa mientras todos miran el reloj, para irse a mamar al baile. Pero esta vez fue diferente. Quizá fue el cielo. Ese cielo gris de Telchac Puerto que parecía sacado de la novela de Hemingway. Nubes pesadas. La mar moviéndose con la respiración lenta que tiene cuando, tal vez está por pasar algo bonito. O quizá fueron los pescadores: Pollo loro, Leslie, Wicho, Pecas, la Parka, Rosendo, Erizo, b***o, maquiles, estuche, machito, vicente, gorras, galleta, el abuelo, kanway, papo, fantasma, chapulín, el oso, Bernabé, los chonchos, los pájaros y tantos otros que se la viven y se la juegan en la mar; Porque al final el Día de la Marina no trata de barcos. Trata de ellos y ellas. De los hombres y mujeres que salen cuando la mayoría duerme. De los que conocen las corrientes mejor que las calles y te hablan del sueste como nuestros abuelos hablaban de la pelota escuchada en la radio mientras tomaban el fresco: sin necesidad de explicaciones, porque todos entendíamos que hablaban del juego de los Leones. Sí, de quienes han visto amanecer miles de veces sobre la misma línea de agua y aun así siguen mirando el horizonte como si fuera la primera vez.

Las embarcaciones comenzaron a reunirse desde temprano. Lanchas pequeñas. Lanchas grandes. Barcos decorados con banderitas de colores que el viento sacudía como si estuvieran celebrando y despidiendo algo al mismo tiempo. Lo que más me llamó la atención no fueron los barcos. Fueron las familias. Los hijos. Las esposas. Los nietos. Todos arriba de las embarcaciones. No como espectadores. Estaban como parte de la tripulación de una historia que lleva generaciones escribiéndose frente a esta costa. Vi niños arrojando barquitos de papel desde las embarcaciones donde antes caminaron sus abuelos. Vi mujeres acomodando sombreros mientras la mar levantaba espuma alrededor de los cascos. Vi pescadores con las manos curtidas por la sal sonriendo como pocas veces los he visto sonreír. Y entonces llegó el momento del silencio. El alcalde. Alfonso Núñez Erguera y el capitán Eduardo Meneses arrojaron las coronas. Las flores tocaron el agua y comenzaron a alejarse lentamente. Nadie tuvo que explicar para quién eran. Todos lo sabíamos Para los que no regresaron. Para los que una tormenta reclamó. Para los que siguen navegando únicamente en la memoria de sus familias. En un puerto pesquero como Telchac: la muerte no es una noticia extraña. Es una presencia conocida. Se sienta en la mesa. Viaja en las historias. Aparece cada vez que alguien señala el horizonte y dice un nombre. Las coronas avanzaban entre las olas. Las embarcaciones permanecían quietas. Y por un instante parecía que todo Telchac Puerto estaba escuchando. No a los funcionarios. No a los discursos. Sino a la mar. Esa mar que conoce cada historia. Cada naufragio. Cada regreso. Cada ausencia. Mientras observaba las flores perderse entre el oleaje pensé que quizá por eso esta ceremonia sigue teniendo sentido. Porque durante unas horas nadie habla de política. Nadie habla de campañas. Nadie habla de promesas. Solo se recuerda. Y recordar también es una forma de regresar a casa. Las banderitas seguían ondeando. Los motores volvieron a encenderse. Las familias reanudaron la fiesta. Y ella, como siempre, se quedó ahí. Guardando los nombres de quienes un día salieron a trabajar y terminaron convirtiéndose en parte de la inmensa memoria esmeralda de Yucatán.
H. Ayuntamiento de Telchac Puerto 2024 - 2027

La alta cocina está de nervios en Yucatán Por Adolfo Calderón Sabido    Detrás de cada plato impecable, de cada salsa re...
20/05/2026

La alta cocina está de nervios en Yucatán

Por Adolfo Calderón Sabido

Detrás de cada plato impecable, de cada salsa reducida a fuego bajito y de cada hoja colocada con pinzas, hay cocineros que esperan una llamada que puede cambiarles la vida. O confirmarles que todavía les falta una vuelta más al tornillo. Yucatán está a punto de sentarse a esa mesa.

Durante años, la cocina yucateca dejó de ser solamente cochinita, relleno negro y sopa de lima servidos como postal turística. Un grupo de cocineros decidió meter las manos al fuego, estudiar el producto local, cuestionar la tradición y devolverla convertida en algo nuevo. No traicionaron la cocina de sus abuelas; la obligaron a hablar otro idioma sin perder el acento.

Ahora esa apuesta podría recibir la bendición más codiciada del negocio: una estrella Michelin. Una sola estrella basta para cambiar el destino de un restaurante. Llena mesas, atrae turistas, dispara reservaciones y coloca a una ciudad entera en el mapa gastronómico mundial.
En las quinielas aparecen nombres que ya dejaron de ser secreto para los que siguen de cerca la cocina mexicana.
Néctar y Huniik, donde Roberto Solís lleva años cocinando con la obstinación de quien no acepta atajos.
Ixi’im, con el trabajo de Luis Ronzón.
Micaela Mar y Leña, comandado por Vidal Elías Murillo.
Y Ku’uk, donde Pedro Evia lleva años defendiendo la idea de que la cocina regional puede ser sofisticada sin volverse pretenciosa.
En Guadalajara, bajo reflectores y copas de champaña, alguien abrirá un sobre y pronunciará nombres. Pero la historia no empieza ahí. Empieza en los mercados de Mérida, en los recados molidos a mano, en los pescadores que llegan de madrugada, en las cocineras tradicionales que siguen preparando lo mismo desde hace décadas y en los jóvenes cocineros que entendieron que la modernidad no consiste en olvidar, sino en afinar. Michelin no premia el folclor. Premia la obsesión. Premia la consistencia. Premia a quienes repiten la excelencia plato tras plato, noche tras noche, aunque afuera llueva, falte personal o el proveedor no llegue. Yucatán tiene todo para ganar. Producto. Historia. Técnica. Personalidad. Y, sobre todo, una cocina que no necesita disfrazarse de otra cosa para impresionar. Si la estrella llega, no será un golpe de suerte. Será el reconocimiento a años de quemaduras, madrugadas, fracasos y terquedad. Será la confirmación de algo que muchos ya sabían. Que en esta esquina del país no solo se cocina bien. Se cocina a la altura del mundo.

Nueve años. La edad de jugar, no de drogars*                          Por Adolfo Calderón Sabido    Todavía debería esta...
14/05/2026

Nueve años. La edad de jugar, no de drogars*


Por Adolfo Calderón Sabido


Todavía debería estar peleando por un juguete, ensuciándose las rodillas en el recreo o haciendo la tarea a regañadientes. Todavía debería tener una muñeca, unos colores o una pelota entre las manos. Ahora imaginen esas mismas manos sosteniendo crista!
Imaginen a alguien enseñándole a inhalar el humo. Imaginen el ardor en la garganta, el corazón desbocado, la mirada perdida. Un cuerpo de niña recibiendo una drog@ que destroza a hombres y mujeres adultos. Nueve años.
No, no les hablo de una película oscura ni de una serie de televisión. Les hablo de un caso real. En Tekax. En Yucatán.
El director del centro de rehabilitación Gladiadores de la Fraternidad de la Luz, Gonzalo Barbas, advirtió públicamente que una menor de nueve años tuvo que recibir atención especializada por consumo de crista! y alertó sobre el uso de met@nfet@min@s mezcladas con fe tan¡l*. Según explicó, las adicciones están llegando cada vez más temprano y están empujando a niños y jóvenes hacia el deterioro físico y mental. Nueve años, ¡Carajo!
Mientras las redes se saturan con el video del pulpo o Arleth; una niña del sur del estado ya conoce el sabor químico de la met@. Nueve años.
Mientras los candidatos reparten sonrisas de celofan en videos y abrazos a viejitos, una niña de nueve años ya cayó en un hueco del que muchos adultos no logran salir. Nueve años.
¿Quién chingados está hablando de esto? ¿Quién está explicando qué se va a hacer? Estoy hasta la madr+ de jingles de campaña. No quiero estupidos videos de retos de politicos que deberían estar solucionando problemas. No quiero espectaculares videos con drones.
Quiero escuchar a un candidato, a un diputado, a un alcalde, a cualquier aspirante al poder, decir con claridad qué carajo van a hacer para que el crista! no llegue a las manos de otra niña. Nueve años. Repítanlo, una y otra vez. Nueve años.
La edad de las muñecas, la edad de las bicicletas, la edad de las rodillas raspadas. No la edad del crista!. No la edad del in****no.
Y si esto no nos sacude, entonces ya nos acostumbramos a vivir en un Yucatán donde una niña se nos está pudriendo enfrente de la cara.

“¡A la muerte no se le mira directamente, cabrón!”                                   Por Adolfo Calderón SabidoEn el vid...
21/04/2026

“¡A la muerte no se le mira directamente, cabrón!”

Por Adolfo Calderón Sabido

En el video hay piedra. Hay respiraciones quebradas. Hay una pantalla que por momentos se va a negro como si el mismo teléfono quisiera cerrar los ojos.
Ese día se comentó como posibilidad que yo estuviera allá con mi hija; fue apenas esa conversación que uno deja flotando y luego olvida. Por eso cuando vi la noticia en redes me dio un escalofrío seco, de esos que no pasan por la espalda. Sino por la nuca. Pensé en la subida, en la foto, en el calor de las piedras, en una niña agarrada de la mano, en cualquier familia creyendo que iba a pasar una tarde de turistas y terminó acostada pecho tierra esperando que un loco no decidiera rematarla.

En el audio se escucha.
“Líbranos señor”, dicen.

No es una voz religiosa. No es una voz piadosa. Es una voz arrinconada. Es una voz que ya entendió que un segundo de más, una mirada de más, un movimiento mínimo, puede costar una vida. Y encima de esa oración cae la otra voz, la del hombre armado, adueñándose también del miedo de los otros:

“Este lugar se hizo para sacrificar”.

Habla en serio. Como si esas piedras antiguas, levantadas hace siglos por manos que ya son polvo, hubieran estado esperándolo a él y a su podredumbre.

“Líbranos señor”, se escucha otra vez, quedito, casi tragado por la garganta.

Junto al teléfono alguien intenta no hacer ruido. Pero el cuerpo traiciona. El aire entra y sale rápido. La respiración se pega al micrófono. Abajo, un niño de camisa azul y lentes se acomoda pecho tierra junto a otros turistas. No está jugando. No está imitando a nadie. Está aprendiendo, antes de tiempo, la geometría del terror. Una madre quiere mirar. Y alguien la detiene:

“No mires para allá mamá”.

Esa frase sola ya cuenta todo. El niño entendiendo antes que los adultos que a veces mirar también mata. Que a veces la salvación consiste en pegar la cara a la piedra y obedecer. Entonces la otra voz vuelve. Seca. Firme. Dueña del momento. Dueña, al menos, de esos minutos donde la muerte parece tener altavoz:

“levántate p.rra p.ta”
“tu estupid- levántate y corta eso tienes un p.to minuto y si no lo haces te dispar.”

La pantalla está en negro. No se alcanza a ver a qué se refiere. Y eso vuelve todo peor. Porque cuando no ves, el horror trabaja por dentro. Uno imagina manos atadas. Plástico. Sangre. Una hoja que no corta. Un cuerpo que ya no responde. Sólo queda el sonido: la orden, la respiración rota, y luego un gemido continuo, miedo aprisionado saliendo por la boca como si el cuerpo quisiera huir de sí mismo.

“Corta eso”, insiste.
“Corta ese pto plástico”.

Y después remata:

“muévete cabrona”
“como si fueras a follar”.

Está usando la voz como otra arma. Dispara con el tono. P.tea con las palabras. Quiere convertir a los demás en puro reflejo, puro temblor, pura obediencia. Alrededor, la piedra antigua sigue ahí, inmóvil, como si no supiera qué hacer con esta escena monstruosa. Un sitio levantado hace siglos para otra clase de poder termina sirviendo de teatro a un cobarde con pi***la.

“No volteen no volteen”, susurra quizá la dueña del teléfono.

Nadie quiere ser el siguiente cuerpo. Nadie quiere ser el siguiente blanco. El gemido se corta, vuelve, se arrastra. Quizá es la canadiense. Quizá otra rehén. En ese audio nadie tiene nombre: sólo miedo. Y el hombre sigue creyéndose dios:

“Vosotros y mi**da que habéis venido de la p.ta Europa no vais a regresar. Si os movéis los sacrifico. Esto se construyó para sacrificar cabrones, no para que vengáis a hacer la p.ta fotito de mi**da ¿lo veis cumplo mi palabra?”

No se ve ni se escucha si ya mató a alguien en ese instante o si obliga a otro a mirar algo que ya hizo. Y esa oscuridad empeora todo. Porque cuando no ves, imaginas. Y la imaginación, en medio del terror, siempre trabaja para la muerte. Luego presume lo que quizá ya hizo o quiere hacer creer que hizo:

“Han mu**to 2 p.tos coreanos allá. Los he sacrificado como perros y tú deja de verme tanto. A la muerte no se le mira directamente cabron.”

Ahí está toda la enfermedad. No sólo amenazar. No sólo disparar. También dirigir la escena. Controlar la mirada del otro. Administrar el miedo como si el miedo también le perteneciera. Abajo los cuerpos siguen pegados al suelo. Rodillas raspadas. Codos buscando apoyo. Ropa buena embarrándose. Vacaciones convertidas en madriguera. Y aparece la policía por altavoz, limpia, casi absurda frente al desorden:

“Somos la policía te pedimos que desciendas”.

El gemido regresa. También la oración:

“liberanos señor liberanos, liberanos padre”.

Y otra vez la voz del hombre:

“Vosotros idiotas de allá. Tu guarra ¿crees que no te veo? Levántate y te disparo y tú también estúpido”.

Y en medio de todo eso, otra vez la única frase que vale más que todas las demás:

“No te muevas mamá no te muevas mamá”.

Cuando regresan las imágenes se alcanza a ver cabello rizado, blusa negra, el niño de azul, la gente acostada, la desorientación completa. Se escucha un “Lets go”. Y luego la última imagen: gente bajando corriendo, ya no como turistas sino como animales heridos que acaban de escapar del filo.

Y ahora viene la otra parte, la que siempre llega después. Los deslindes.Los que dicen que no les toca. Los que se lavan las manos. Los que sacan raja política. Los que convierten el espanto en consigna. Los que se pelean el micrófono mientras otros todavía siguen temblando. Siempre es así. Primero el horror. Luego el reparto. Vendrán los comunicados, los perfiles, las credenciales, los antecedentes, las teorías sobre sus afinidades, los peritos poniendo orden en el expediente como quien acomoda papeles sobre una mesa todavía manchada. Pero lo verdadero quedó en otra parte: en la respiración agitada del teléfono, en la piedra convertida en refugio, en el niño que ya sabía cómo proteger a su madre, en la mujer que rezaba sin saber si la siguiente palabra iba a alcanzarla viva, en ese “no volteen” dicho como quien intenta detener con un susurro lo que ya se soltó.
El horror no termina cuando calla el arma. El horror cae como una piedra gigante en el agua. Y luego sigue. Se expande. Llega a los videos. A las noticias. A las sobremesas. A las campañas.A las culpas. A los padres que piensan “pude haber estado ahí”. A las hijas que iban a subir una foto. A las madres que ya no van a mirar una pirámide del mismo modo. Hay crímenes que matan a una persona. Hay otros que también manchan un sitio entero. Lo de Teotihuacán fue eso: un hombre intentando volver sacrificio el turismo, espectáculo el terror y monumento su propia podredumbre. No lo consiguió del todo. Lo que queda no es su voz. Lo que queda es la de una voz mexicana diciendo:
“No mires para allá mamá”.

Lo que queda es la respiración del miedo. Lo que queda es la gente que rezó, se arrastró, protegió a sus hijos y bajó viva.

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