La Casita Hotel

La Casita Hotel Un lugar para descansar, a solo dos minutos del río, la laguna y el mar.

10/05/2026

A mi mamá Cleme, que en gloria esté.
Autor: Álvaro Zúñiga Villanueva

Cuando empezaban a cantar los gallos, a las cuatro de la mañana, los niños y niñas de la primaria, convocados por algunos profesores, comenzábamos a recorrer las calles de El Bejuco, cantando a viva voz las mañanitas a las madrecitas, el diez de mayo, sin importar el día de la semana que fuera. Los perros que nunca han faltado, nos acompañaban con sus ladridos como para hacer el coro y se escuchara más fuerte esta serenata, entonada desde el fondo de nuestros corazones infantiles.
Ya después de que ninguna madre quedara sin escuchar sus mañanitas, regresábamos contentos a casa, donde nos esperaban con un pocillo de café con pan, y si se podía hasta con un plato de arroz frito con frijoles.
Al mediodía se arreglaban las mamás para asistir al baile que se celebraba dentro de la vieja escuela primaria “José Martha Zúñiga” en el centro del poblado, se amenizaba con un tocadiscos y una gran bocina de la señora Joaquina Rumbo; ahí se reunían a bailar mujeres de todas las edades y se ponían muy alegres con las bebidas espirituosas que se les ofrecían en su venturoso día.
Quiero hacer mención de mi querida madre Clementina Villanueva Vega (Cleme) cuya infancia transcurrió desde fines de 1920 y principios de 1930; siempre acompañada de sus hermanas de crianza: Irene y Carlota, quienes vivieron con su abuela “doña Nicha” (nadie decía abuelita entonces) y a quien toda la familia llamaba “Mi Grande”, nombre que evoca a la “mamá grande” surgida de la narrativa del escritor colombiano Gabriel García Márquez, y aunque sus papás nunca dejaron de ver por ellas, la familia de su abuela les daba el calor de hogar y el cariño que necesitaban.
En esta casa de mi bisabuela en el Bejuco vivió el legendario doctor Rafael Urbina, uno de los primeros médicos que llegaron a este municipio, venía de la Ciudad de México y al poco tiempo cambió su residencia a Coyuca donde se hiciera famoso y a quien mi madre en el Bejuco auxiliaba como enfermera. La casa de Mi Grande o “doña Nicha” era frecuentada además por familiares y amistades, a veces venían de lugares lejanos y a quienes ella les invitaban los sagrados alimentos por lo que mi mamá Cleme, Irene y Carlota tenían que preparar la comida con sus correspondientes tortillas del comal (aplaudidas completamente), trabajo que realizaron mi madre y sus primas hasta que se casaron y formaron sus propias familias.
Cuando la “Guerra de Lara” a finales de los años 20s mi mamá era muy pequeña pero le contaban que las familias de nuestro pueblo se fueron a refugiar a Coyuca de Benítez para no perder la vida a manos de este terrible coronel, hubo en ese tiempo mucha pobreza y sufrimiento porque la gente no podía trabajar, tuvieron que andar huyendo en este conflicto armado de tristes recuerdos.
Muy joven mi madre recorría las calles del pueblo vendiendo hilos , cierres, botones, agujas, agujetas entre otros artículos, lo cual le permitía distraerse y contar con recursos para volver a surtir su mercería ambulante (ese espíritu mercantil lo heredamos sus descendientes).
Cómo no tenían las jóvenes muchas oportunidades de salir, aparte de ir por agua al río que transportaban en la cabeza solamente protegida por un”yagual” -era un trapo enrollado que se colocaba de asiento de la lata de agua y hacía mas soportable su peso. El medio de comunicación más efectivo de los enamorados de esa época eran “las cartas” -de esas de papel que ahora nadie escribe- mi mamá nos contaba que logró llenar una caja de zapatos con las que le mandaba mi padre por medio de niños que estaban dispuestos a ganarse unas monedas como “mensajeros del amor”.
Mi madre Clementina Villanueva Vega, siempre recordaba que cuando era perseguida por las insistencias amorosas de mi padre, el se apostaba largas horas en el Billar de don Pedro Zúñiga a jugar, mirando a la casa de mi bisabuela doña “Nicha” con la ilusión de verla aunque sea por unos instantes, esta acción le costaba que a veces le pusiera la tiza al taco por el lado contrario, acción que provocaba la risa de sus compañeros de juego.
Ya casados y después de vivir un tiempo en Iguala donde mi padre trabajó en la “Forestal” regresaron al Bejuco con mi hermano Álfredo recién nacido y con sus ahorros pusieron una tienda de abarrotes con el nombre de “Miscelánea Thelmi”, - nombre en honor de la mayor de mis tres hermanas -, (poco tiempo después sería llamada por sus propios clientes como “la tienda del Socorro”, líneas adelante se explica el motivo) que tuvo la suerte de contar con la preferencia de los habitantes de la comunidad por sus buenos precios y porque “fiaban” a las personas que no tenían dinero para comestibles, donde pasaba esta triste situación simplemente decían “vamos donde Cleme” después pagamos, y mi madre con gusto les despachaba aunque sabía que algunos le pagarían después: su kilo de arroz, frijol, queso fresco, chiles serranos, galletas “norteñas” o “marías”, café, azúcar y hasta alcohol para las “teporochas”. Cuando le tocaba despachar a mi padre Angelito le pedían: quiero 50 centavos de queso! Y contestaba inmediatamente: no hay queso pero hay petróleo!, con lo que lograba arrancar la sonrisa de sus clientes.Entre ventas en efectivo y a crédito la tienda sobrevivió casi hasta que crecimos los 6 hermanos, recuerdo tres gruesas libretas donde mis padres anotaban a sus deudores llenas todas sus páginas de letras y números y en la creciente del ciclón “Beulah” en 1967 se fueron nadando “en la cara del agua” rumbo a la laguna, cuando el río inundó a los pueblos de la parte baja de Coyuca de Benítez.
La generosidad de mi madre, fue una cualidad que la identificó siempre, la heredó seguramente de su tía “Mita Cruz” (les acercaba panes a la boca a los niños de familias disfuncionales que se refugiaban en la Casa de Mi Grande cuando estaban dormidos porque se acordaba que se habían acostado sin cenar, según contaban ellos mismos), recuerdo que cuando hacía comida por algún evento familiar, le gustaba mandarle a sus casas a los familiares que no habían asistido) el amor que nos prodigó a sus hijos y sus sabios consejos, la hacen vivir eternamente en nuestros corazones.

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03/05/2026
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LA BODAAutor: Álvaro Zúñiga VillanuevaLa noche se hizo presente poco después de iniciar la caminata por la calle Madero,...
15/04/2026

LA BODA
Autor: Álvaro Zúñiga Villanueva

La noche se hizo presente poco después de iniciar la caminata por la calle Madero, el gigantesco edificio de la Torre Latinoamericana era “la estrella polar” que nos guiaba para llegar, con sus luces en cada uno de sus pisos de cristal; mientras el tumulto de paseantes avanzaba a diferentes velocidades, no teníamos prisa… por eso, nuestro paso de adultos mayores, tranquilo pero sin detenerse, contrastaba con los muñequitos verdes de los semáforos que movían sus pies rápidamente, solicitando que los observaran para que los transeúntes pasaran del otro lado de la calle, sin riego de sufrir un percance. Ibamos despacio, pendientes de los celulares, bolsas y carteras, —estábamos en la CDMX y ahí no se baja la guardia— admirados de ver personas que aunque todavía no aparecía el color rojo del alto a los automovilistas, y sin que apareciera en escena “el monito verde” –señal exclusiva para el paso peatonal—, cruzaban las calles a toda prisa.
Al fin llegamos a esa gigantesca torre de cristal, cansados y con dolores en las rodillas, sostenidos en tramos Lina y yo, por nuestras nietas Nicol y Verlied y acompañados de mi hija Vera y su esposo Manuel, decididos a subir a la cima, al mirador, casi 42 años después, en que Lina y yo nos encumbramos al mirador “para tomar el cielo por asalto” —aún conservamos la foto del recuerdo (en blanco y negro, no se de donde salió un hoyo que se ve en la suela de mi zapato derecho), desde donde pudimos admirar a la capital del país por los cuatro costados.
Viene a mi memoria un día como hoy, 15 de abril pero de 1984, cuando después de no saber el uno de la otra y viceversa, nos volvimos a ver en una boda en San Nicolas Mpio. De Coyuca de Benítez Gro., un acontecimiento que permitió escribir una nueva historia, de la que surgió la familia que hoy formamos, podemos contar el cuento todavía y darme cuenta lo rápido que ha pasado el tiempo, no se ha detenido y ya somos más —Diana, Vera y Älvaro, con sus respectivas familias, tienen ahora sus propias historias.
Así comenzó todo:
¿Va a venir a la boda el domingo maestro Álvaro? –Preguntó una madre de familia a la hora del recreo en la escuela primaria “Juan Álvarez “de San Nicolas. —¡Claro que sí Blanquita!, me dijeron que va a estar buena y tengo ganas de divertirme, fue mi respuesta. Se escuchaba la algarabía de algunos niños que corrían por los estrechos pasillos, mientras otros compraban rodeando las mesas de las vendedoras, (Juvenal, Paúl, Erika, Yesenia, Marbella …) —casi me obligaban a sacarlos antes al receso por la presión que ejercían con sus gritos y súplicas tan pronto veían al nevero aparecer en la puerta principal.
Luego de comprar unas ricas “enchiladas sin nada” acompañadas de un vaso de agua de tamarindo, me acerqué a conversar un rato con mis compañeros docentes, platicaban sentados en los pupitres del salón de clases, el cual ocupábamos como comedor y estaba frente a la entrada.
La mañana del 15 de abril, el día de la boda en San Nicolás con la primavera en su apogeo, el sol salió con mucha fuerza y más temprano, las horas transcurrieron como de costumbre, —sin saber en ese entonces de las inconveniencias de adelantar el reloj una hora como ocurrió años después. (de 1996 a 2022), en la mayor parte de nuestro país con el pretexto del ahorro de energía eléctrica; era 1984 y la mayoría de mexicanos no conocíamos el calentamiento global, la inseguridad, los narcocorridos, los autos eléctricos, las computadoras, ni mucho menos los celulares y las redes sociales.
Mi amigo Ángel Gómez Gómez apenas acababa de llegar al Bejuco trayendo de Japón —donde había ido a estudiar becado por el gobierno de México—, una de las primeras cámaras de video que llegaron de la “cuna del sol naciente”, la cual con varios kilos de peso, se colocaban al hombro, haciendo sufrir a su portador al paso de unos cuantos minutos.
Acompañado de amigos en ese caluroso mediodía, recuerdo haber llegado feliz a la fiesta —presintiendo la felicidad que me deparaba el destino–, manejando un viejo Volkswagen Sedán rojo Modelo 1972 que se descomponía constantemente —era cliente asiduo, a veces de fiado del mecánico Arturo Noriega, siempre dispuesto a hacerlo arrancar o trasladarse conmigo a cualquier lugar con servicio de 24 horas— a veces ya listo el carro, al llevarlo, ya estando en su casa y yo arriba de mi nave, le decía: te pago en la quincena… y aceleraba a toda velocidad… Milagrosamente ese día no presentó problemas a pesar de viajar con sobrecupo —me hice acompañar con amigos decididos a calmar la sed y el calor con unas “chelas”.
Entramos a la amplia enramada donde el baile había comenzado desde la una de la tarde, mientras las meseras corrían entre los horcones llevando sus charolas llenas de cervezas a los reservados, al igual que botellas de brandy “Presidente” acompañadas rigurosamente de sus dos tehuacanes, una coca cola, una bandeja con pedazos de hielo —se obtenían de grandes barras en las que solo “el picahielos” hacía esta labor, eso era lo que incluía el “servicio completo” que pagaban gustosos los adoradores del “dios Baco”.
A las jóvenes asistentes a las fiestas se les denominaba como “las parejas”; cuando iniciaba la música ellas debían estar sentadas en largos bancos dispuestos especialmente alrededor de la enramada, ahí permanecían esperando hasta que hubiera hombres decididos a sacarlas a bailar, otras permanecían paradas y formaban círculos de amigas que platicaban en espera también de disfrutar las cumbias y baladas que en esa memorable boda interpretaba el conjunto musical “la Rebelión”—ya gozaban de la fama grupos como: Koyuka 2000, Apache 16, La Luz Roja de San Marcos, La Compañía de Arnold Méndez, La Banda Berraca de Cupertino, Los Nativos de Pie de la Cuesta, el Grupo Sol de Tres Palos, el Éxodo, Sonidos Alegres, Grupo Caribe, Los Kumbers, Los Yonic’s y el Acapulco Tropical y la Orquesta hermanos “Chinos”.
Después de tomar durante una hora varias tandas (rondas) de cervezas “Superior” bien frías, invitadas recíprocamente entre mi círculo de amigos y consumidas más por el calor que por el vicio, como buen soltero y deseoso ya de pasar a una “etapa superior”, pensaba seriamente en conseguirme una novia para dejar a un lado mis vicios del cigarro y el alcohol.
«Observé atento a mi alrededor el “ramillete de chavas” que se encontraban en la boda y pensé invitar alguna de ellas a bailar e intentar como de costumbre una conversación con intenciones de “enamoramiento” y de paso procurar disminuir los efectos etílicos por los daños que provoca, —torpeza al hablar, movimientos y reflejos lentos, confusión mental, hay quienes se ponen “cariñosos” con sus amigos o violentos, y hay quienes les da por desnudarse, etc.— por lo que, antes que esto pasara, me urgía dejar de seguir tomando y dedicarme al ´bailongo´, no era precisamente mi plan emborracharme, sino, “encontrar la novia esperada con la idea sublime de que me acompañara en la travesía de la vida”».
Pude ver entre de las jovencitas presentes a varios metros de distancia a Lina, —sentí mucha alegría y cómo se me aceleraron los latidos del corazón—, la había conocido cuando yo tenía 24 años e ingresé como maestro de Artes Plásticas en la Secundaria Particular “Candelario Ríos” en su natal Espinalillo y ella fue a traer sus documentos, porque acababa de terminar en esa escuela. Después de una ardua investigación, pude darme cuenta que estudiaba en la Preparatoria 16 de la Universidad Autónoma de Guerrero en Coyuca de Benítez, —funcionaba únicamente en el turno vespertino y sus sedes fueron casas rentadas en la cabecera municipal— por lo que de inmediato me matriculé como estudiante y cada que se presentaba la oportunidad, trataba de dialogar con ella y hacer mi labor… sin haber tenido la suerte de ser correspondido.
La saludé a lo lejos muy sonriente alzando las manos; sin esperar tan grata sorpresa, en un abrir y cerrar de ojos y sin saber cómo… en unos instantes estaba frente a ella iniciando una amena conversación.
—¿Me dijeron que ya te casaste? me reventó a bocajarro sin darme tiempo a reponerme de la sorpresa, —¡te sigo esperando! estuve a punto de expresarle… no sé cómo me aguanté las ganas de decírselo. Sentí, aunque titubeante, “que en esa pregunta se acababa de delinear el destino de ambos y reaccionando de inmediato le contesté”: no he encontrado ninguna decidida todavía, sigo soltero —mi mente ya se había ido muy lejos a partir de esa “pregunta clave” y sin desperdiciar un segundo y pensando ¡de aquí soy!, con la seguridad de que “la pelea casi estaba ganada”, luego de la dichosa pregunta, le dije despacio: — te invito a que seas “mi pareja” para bailar toda la fiesta, ¿estás de acuerdo?
Aunque no me contestó, permaneció en su lugar y al comenzar las primeras notas de la melodía “No son palabritas” iniciamos el baile suavemente y a conversar acerca del amor y del futuro; a 42 años de distancia tengo la idea que el tiempo no ha pasado.
La vida en el Bejuco transcurre entre huertas de palmeras, árboles de tamarindos y mangos, escuchando el trinar de los pájaros y viendo el caserío que ha crecido en poco tiempo y las calles con gente trabajadora de rostros refrescados por la brisa del río, el mar y la laguna. La carretera Coyuca-La Barra apenas tiene un señalamiento que orienta a los turistas para que visiten este paradisiaco lugar. Nuestro pueblo de origen filipino ha sido visitado por el embajador de este país y esperamos que las autoridades de los tres niveles de gobierno, hagan el reencarpetamiento de la carretera destrozada por el Huracán “Otis”.
A más de cuatro décadas y en la comodidad del hogar, o disfrutando vacaciones, recordamos la ya lejana boda de “Nora y Joaquín” que unió nuestros destinos a partir de aquella soleada tarde del 15 de abril de 1984 en San Nicolás.

Dirección

Calle Principal S/N Del Bejuco, En La Salida A La Barra De Coyuca De Benítez Gro
Coyuca De Benítez
40984

Horario de Apertura

Lunes 8am - 10pm
Martes 8am - 10pm
Miércoles 8am - 10pm
Jueves 8am - 10pm
Viernes 8am - 10pm
Sábado 8am - 10pm
Domingo 8am - 10pm

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