26/12/2025
El día que Toledo detuvo a McDonald's
En 2002, Francisco Toledo se enteró que McDonald’s planeaba abrir un local en el Centro Histórico de Oaxaca. Lejos de quedarse callado, escribió una carta de tres cuartillas directamente a la sede de la empresa en Illinois. Con argumentos contundentes, alertaba sobre el daño cultural y económico que significaría instalar una cadena global en una ciudad como Oaxaca. La amenaza era clara: perder lo que hace a esta tierra única.
“La presencia de McDonald’s homogenizaría y desvirtuaría lo que es único en el mundo...”, advirtió. Meses antes, el artista ya había organizado una singular protesta: una tamaliza en el Zócalo. Se repartieron tamales de chipilín, frijol, mole y rajas, acompañados con tejate. Entre música regional y comida tradicional, más de diez mil personas firmaron en contra del proyecto. Una verbena que fue también declaración de principios.
Un año después, la instalación del restaurante fue oficialmente cancelada. El gobierno local confirmó que la mayoría de los oaxaqueños habían votado en contra. El arte, la comida y la comunidad le ganaron a la franquicia. Toledo demostró que también se puede resistir desde lo simbólico, desde el sabor y desde la calle.
Vendió su Instituto por un peso
En 2015, Toledo entregó formalmente al INBA el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), fundado por él en 1980. Lo donó completo: su acervo con más de 125 mil piezas entre dibujos, grabados, esculturas y libros; además de dos edificios que lo albergaban. Fue su forma de asegurar que, tras su partida, el instituto siguiera vivo y en buenas manos.
El IAGO había sido embargado por Hacienda, y Toledo optó por salvarlo con un gesto tan simbólico como honesto: vendérselo al Estado por un peso. “Y me lo voy a gastar yo solito, no tengo que pagar impuestos por ese peso”, bromeó frente a todos. No buscaba exenciones ni favores. Solo preservar lo construido.
Natalia Toledo, su hija, explicó que la donación tenía un propósito claro: que se cuidara, se protegiera y se hiciera crecer. A sus 74 años, Toledo decía que solo quería dejar todo en orden. Y lo hizo. Hoy, el IAGO sigue siendo un espacio vivo de arte y pensamiento, como él lo imaginó.
"Los cuadernos de la mi**da"
Pocas personas podrían decir que le pagaron al SAT con un tomo ilustrado de seres defecando. Toledo, sí. En uno de sus gestos más irreverentes, se acogió al programa de pago en especie de Hacienda y entregó “Los cuadernos de la mi**da”: 27 volúmenes con 1,500 dibujos de calacas, demonios, patos, caballos, hombres y mujeres... todos haciendo lo mismo.
La serie fue donada en comodato al Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Bajo la apariencia escatológica, hay ironía, crítica y ternura. Era su forma de burlarse de los sistemas, de devolverles algo incómodo pero cuidadosamente pensado. Un espejo de lo que somos, sin adornos.
Con ese humor ácido que compartía con Monsiváis, Toledo convirtió lo grotesco en arte. Pagó impuestos con dibujos. Regaló instituciones por un peso. Hizo de una tamaliza una protesta. Su legado no está solo en los museos o en sus obras, sino en esas pequeñas decisiones que lo convirtieron en alguien verdaderamente irrepetible.