08/08/2021
Mano blanda
Son hijos de la mano blanda. Seguro. Esa mano blanda que está dejando escenas tan duras. Esa lenidad que está arruinando a tanta juventud. Me encantaría ver su expediente escolar, y conocer el comportamiento que han tenido apenas desde que empezaron a andar. Y me encantaría ver su vida laboral. Y, sobre todo, pagaría por verlos en una tribuna, solo ante un auditorio numeroso, contando todo lo que saben hacer, qué valores tienen guardados que no acertamos a vérselos nosotros, tan torpes para saber cuáles son los verdaderos y elevadísimos valores de esa juventud a la que pertenecen y que tan poco tiene que ver con la que estudia, se disciplina en casa y en la calle y va ascendiendo, brillantemente, en la sociedad.
Son hijos de la mano blanda. Seguro. No han tenido en la casa una voz que les ordenara, un dedo que les señalara y una autoridad firme que se negara al chantaje del llanto y el pataleo, a las verraqueras infantiles y a los caprichos adolescentes que siempre en la casa, en la familia, tuvieron a alguien que mediara para que se los consiguiera. Y si en la casa tenían mano blanda por voluntad paterna –y materna-, en la escuela, donde los docentes tienen todas las de perder ante los discentes, la mano blanda se convertía en guante de tul. Y la calle, para ellos. Porque seguro que pertenecen a esa soldadesca del ocio que, nadie sabe cómo –y mejor será no saberlo-, sin doblarla, tiene para gastos de tatuaje, aparatos electrónicos, moto o coche, pelados tan raros como caros y alcohol sin tasa, a veces con guarnición psicodélica que tan fácil pone la delincuencia, la violencia y la degeneración, en fin. Hijos de la mano blanda muy faltos de escarmientos y muy sobrados de consentimientos. Hablo de los cabrones que mataron a patadas a ese chico en La Coruña y de los otros, tan cabrones, que le dieron una paliza para matarlo a un chico en Amorebieta. El sitio es lo de menos, porque estos hijos de la Mano Blanda están en todas partes y en todas partes pueden ocurrir casos como los reseñados. ¿Cuánto nos está costando la mano blanda que empieza en la familia y sigue, por falta de autoridad docente o por leyes de natillas, en la calle, en la vida diaria? ¿Cuántas vidas nos ha costado ya la manita tonta con el niño al que no queremos toserle, reprenderle, negarle un capricho, imponerle sus obligaciones, disciplinarlo? La manita blanda lleva a caminos que van al hospital, la cárcel o el cementerio. De la mano blanda nace el libertinaje, la indisciplina, los vicios, la vida fácil, y de ahí, cuando les falta la pasta, a cualquier cosa, y ninguna buena. Pero aquí, ya saben, endurecer la mano es cosa de fachas. Así que, nada, sigamos con la manita blanda.
[email protected]