30/06/2026
Hace un año decidí cambiar de vida. Dejé atrás mi zona de confort para apostar por un negocio en La Barrosa, Chiclana. Restaurante Viña del Mar y Terraza de copas Calm Beach, trabajé 16 horas al día, 7 días a la semana. Invertí más dinero del que tenía, ilusión de sobra y una fe que, visto lo visto, cotiza peor que la bolsa en crisis.
Como el propietario era familiar de un buen amigo, me creí su palabra cuando me aseguró que tendría cinco años de alquiler. Ya sabéis el dicho: "La palabra de un hombre vale más que un contrato". O eso dicen... hasta que descubres que, para algunos, vale exactamente lo mismo que el papel en blanco.
Qué casualidad que mi negocio sí sirviera para sacar adelante toda la temporada de verano. Después llegaron las prisas, las cláusulas abusivas, la presión para firmar y un acuerdo para marcharme. Tragué saliva, perdí dinero, tiempo y un proyecto en el que había dejado el alma. Pensé: "Bueno, al menos aquí termina todo".
Pues no.
Ahora resulta que el container bar que compramos con nuestro dinero, y que hay que mover con una grúa, ha desaparecido. La explicación es digna de un premio al mejor guion de comedia: "Se lo ha llevado un cliente". Claro, porque todos sabemos que cuando te gusta un container de varias toneladas, lo metes en el bolsillo y te lo llevas a casa, igual que una caja de Coca-Cola.
Así que lanzo una pregunta a Chiclana: ¿alguien ha visto un "container bar", donde preparábamos los mejores cócteles de la zona, paseando por ahí? Porque parece que desaparecen con la misma facilidad que algunas promesas.
Supongo que el siguiente capítulo será acudir a los tribunales y esperar unos cuantos años para intentar recuperar lo que es nuestro. Mientras tanto, otros siguen dando lecciones de honradez y de cómo hacer negocios.
Hay personas que construyen su reputación con trabajo. Otras la demuelen con sus actos.
Cada uno recoge lo que siembra.