01/09/2026
Hay un olor que no se me quita de encima desde que volví: el del pan recién salido del horno de mi abuela. Ese horno de piedra que lleva casi 100 años ahí, en el mismo sitio, encendido por las mismas manos de siempre
Este verano me fui para Galicia. Para mi tierra. Para la casa de mis abuelos, donde todo empezó en realidad, aunque yo tardara años en darme cuenta.
Amasé pan como se hacía antes de que existieran las prisas. Saqué las vacas a pastar por la mañana, con la niebla todavía pegada al monte. Comí lo que se cultiva ahí, lo que se cría ahí, lo que se hace con las manos y con tiempo. Y entendí, otra vez, de dónde me viene esto que hago: esta obsesión por la comida, por hacer las cosas bien, por respetar el producto y el proceso.
No lo aprendí en ninguna escuela. Lo aprendí ahí, en esa cocina, viendo a mi abuela y a mi abuelo trabajar la tierra y el fuego como quien no hace nada especial, transmitiéndole eso a todos sus hijos una de Ellas mi querida Madre,que hasta fue capaz de seguir y superar un legado eterno y muy bonito.
Con ellos empezó todo. Pero hay algo muy bonito que el tiempo no ha cambiado: esa casa sigue siendo nuestra casa.
Hoy son mis tías y mis Primas las que viven allí y las que, de alguna manera, han recogido ese testigo. Las que siguen haciendo que cada vez que volvemos toda la familia sintamos que nuestros abuelos siguen un poquito allí. Con su paciencia infinita, con su cariño, cuidándonos a todos, aguantando el ruido, las idas y venidas, las sobremesas interminables… y consiguiendo que nunca falte un sitio en la mesa.
Porque una casa familiar no la mantienen en pie solamente sus paredes. La mantienen las personas que siguen abriendo su puerta y haciendo que todos queramos volver.
Y ellas hacen exactamente eso.
Esta última foto es para ellos. Para mis abuelos. Pero este recuerdo también es para ellas, para mis tías, por cuidar con tanto amor el lugar donde empezó nuestra historia y por conseguir que, generación tras generación, siga siendo el lugar donde nos encontramos todos.