15/02/2026
En el Bar EGB crecimos con una tele de c**o, una manta en el sofá y la sensación de que nada malo podía pasar antes de la hora de cenar.
Crecimos esperando la transformación de Sailor Moon, soñando con volar en la nube de Dragon Ball, y creyendo que la amistad era tan poderosa como el cosmos en Los Caballeros del Zodiaco.
Sabíamos que el bien siempre ganaba en He-Man y los Masters del Universo, que los misterios se resolvían con una furgoneta y un perro parlante en Scooby-Doo, y que un partido podía durar media vida en Oliver y Benji.
Cantábamos sin vergüenza las canciones de La Aldea del Arce, reíamos con las travesuras de Chicho Terremoto, y aprendimos que hasta los más pequeños podían cambiar el mundo en Los Pitufos.
Aquellos dibujos no eran solo dibujos.
Eran tardes sin reloj.
Eran bocadillos a medio morder porque “¡ya empieza!”.
Eran discusiones en el recreo sobre quién era más fuerte.
Eran una época en la que lo imposible solo necesitaba imaginación.
Hoy, cuando suenan esas sintonías, no recordamos solo capítulos.
Recordamos quiénes éramos.
Recordamos cómo mirábamos el mundo.
Y desde aquí, queremos dar las gracias a Celadilla del Páramo, por permitir que muchos hayamos vuelto a sentir, aunque sea por un rato, esa niñez que creíamos guardada para siempre.
Porque crecer es inevitable…
pero recordar quién fuiste, eso es un regalo.