13/02/2025
Dicen que ser chef es un oficio, pero nosotros sabemos que es una condena hermosa.
No escogimos la cocina, la cocina nos reclamó. Nos encontró jóvenes, con manos torpes y sueños grandes, y nos enseñó a sangrar cebollas, a sudar sobre el fuego, a vivir entre quemaduras y cortes que nunca dejamos cicatrizar del todo.
Cocinamos mientras el mundo duerme, trabajamos cuando todos celebran, y servimos sonrisas aunque por dentro a veces estemos agotados. Nos levantamos antes que el sol y, cuando el último plato ha salido, aún nos queda limpiar, contar, planear, mejorar.
Porque si hay algo que un cocinero sabe es que nunca es suficiente. El plato puede estar bueno, pero mañana será mejor.
Nos han visto como simples cocineros, pero somos alquimistas de recuerdos. Lo que para muchos es solo comida, para nosotros es arte, disciplina, amor.
Hemos visto lágrimas caer en platos, carcajadas estallar con un bocado, silencios de placer que dicen más que cualquier palabra. Y ahí es donde entendemos que todo vale la pena.
Esta vida no es fácil. No es para todos. Pero para los que no podemos imaginar otra cosa, la cocina es el único lugar donde el caos tiene sentido, donde el fuego que nos consume es el mismo que nos mantiene vivos.
Si esto te ha tocado el alma, si alguna vez has sentido que tu vida se mide en comandas y turnos dobles, si sabes lo que es amar y odiar este oficio en el mismo día… entonces, hermano, hermana, bienvenida a la legión de los que viven por la cocina.
Porque ser chef no es un trabajo, es un destino.
¡oído!
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