20/11/2014
Se pude decir que la historia del asado argentino comenzó cuando los gauchos aún no eran gauchos, cuando se los llamaba guaderios o guazos. O también se puede decir que todo comenzó con las vacas. Cuando las vacas andaban libres, cimarronas, por las pampas argentinas. Entonces los gauchos, especies de nómades de pantalones anchos, botas y camisas blancas, las agarraban a campo abierto, las faenaban y las asaban. Esos no eran años de parrillas, claro.
En Manual del Asador Argentino, de Raúl Mirad, se cuentan las impresiones de un jesuita italiano que anduvo por las pampas a comienzos de los 1700. Allí el misionero se impresiona por los gauchos y su destreza para faenar la carne, colocarla en palos que clavaban en el suelo, inclinados sobre una fogata bajo las estrellas. Esa misma imagen impresionó a Charles Darwin, quien llegó a tierras argentinas en 1832 y que un año después ya se sentía parte de la pampa, como escribía a su hermana en una carta citada por La Nación: "Me he convertido en todo un gaucho, tomo mi mate y fumo mi cigarro y después me acuesto cómodo, con los cielos como toldo, como si estuviera en una cama de pluma. Es una vida tan sana, todo el día encima del caballo, comiendo nada más que carne y durmiendo en medio de un viento fresco...".
Luego el tiempo, o la evolución, se llevó los palos para traer la parrilla. Porque aunque aún en algunas zonas del país se siguen usando tal como en los 1700, especialmente para afanes turísticos, la parrilla se ha vuelto la norma del asado argentino. Esto no quiere decir que los argentinos de hoy tengan más prisa que los de antes en lo que a asar un trozo de carne se refiere.