Je Suis Lacan

Je Suis Lacan Lo real, lo imaginario, lo simbólico. Bar Bistro Café Almacén �
Je Suis Lacan.
(1)

—¡Vamos! —dijo mi padre, y entré en el baño. El cogió la correa. —Bájate los pantalones y los calzoncillos —dijo.No lo h...
16/05/2026

—¡Vamos! —dijo mi padre, y entré en el baño. El cogió la correa.
—Bájate los pantalones y los calzoncillos —dijo.
No lo hice. Se puso frente a mí, desabrochó mi cinturón de un golpe, me desabotonó y bajó mis pantalones de un tirón. De igual modo me bajó los
calzoncillos. La correa aterrizó sobre mi piel. Lo mismo de siempre, el mismo sonido explosivo, el mismo dolor.
—¡Vas a matar a tu madre! —vociferó.
Me golpeó de nuevo. Pero las lágrimas no se produjeron. Mis ojos estaban extrañamente secos. Pensé en matarle. Debía de haber algún modo de matarle. En un par de años podría darle muerte a golpes. Pero lo deseaba en ese momento. El era un don nadie. Yo debía de ser un niño adoptivo. Me golpeó de nuevo. El dolor aún persistía, pero el miedo se había desvanecido. La correa aterrizó de nuevo. La habitación ya no se desvanecía entre brumas. Podía verlo todo con claridad. Mi padre pareció observar alguna diferencia en mí y me azotó con más fuerza, una y otra vez; pero cuanto más golpeaba, menos sentía. Parecía casi como si fuera él el que se sintiera impotente. Algo había ocurrido, algo había cambiado. Mi padre, jadeante, se detuvo y oí cómo colgaba la correa. Anduvo hasta la puerta y yo me giré.
—Oye —dije.
Mi padre dio la vuelta y me miró.
—Dame un par más —le dije—, si es que eso te hace sentirte mejor.
—¡No te atrevas a hablarme de ese modo! -replicó.
Le observé y vi pliegues de carne bajo su barbilla y en torno al cuello. Vi tristes arrugas y surcos. Su rostro tenía el color rosa de la masilla ajada.
Estaba vestido con su ropa interior y su vientre abultaba creando arrugas en su camiseta. Sus ojos ya no poseían fiereza, sino que parecían vacuos y evitaban los míos. Algo había ocurrido. Las toallas del baño lo sabían. La cortina de la ducha lo sabía, el espejo lo sabía, la bañera y el retrete lo sabían. Mi padre se giró y salió por la puerta. El lo sabía. Era mi última paliza. Al menos proveniente de él.

Las palabras no dicen, evocan.
12/05/2026

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El hombre no debería querer erradicar sus complejos sino vivir en armonía con ellos; son los directores legítimos de su comportamiento en el mundo.

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Todo encuentro es un re-encuentro.

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04/05/2026

Yo no sé si la poesía vale un céntimo, pero les puedo asegurar que cada encuentro que hacemos en el café, Je Suis Lacan, las palabras bailan sobre la mesa, el piano, la lluvia, el vino, las sonrisas, la soledad, el tacto, los ojos, la contemplación, lo onírico, sin buscar nada.
Marina Cavalletti y quien escribe agradecemos a todos los presentes y los invitamos a perder el tiempo en este próximo encuentro.


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Buenos Aires
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