La leyenda de “La Juanita”
La noche entra por las ventanas de los ranchos, el viento la acompaña escoltando su belleza y su misterio. La oscuridad te envuelve cuando la luna se toma descanso y la linterna alumbra el camino inundado de soledad. Mas allá aparecen huellas de unos pies que no se vieron y en la negrura acecha una sombra de una mujer que no se vio jamás…
Dicen que por el año 1891 una
goleta alemana naufrago en la perte mas desierta de la ensenada de castillos. Fue muy trágico porque el accidente resulto fatal para la mayoría de los que viajaban en la nave. Había tormenta y la noche era un gran azabache. El capitán perdió la orientación no identificando que iban derecho hacia la costa y de pronto un ruido de terror se escucho. Era el fondo que rajo el piso de la embarcación haciendo inmediatamente agua. Las olas golpearon y ahogaron a los tripulantes. No se sabe cuántos eran los que navegaban. Nadie sabe con exactitud el nombre exacto de la embarcación, pero si se sabe que la única sobreviviente llego hasta la orilla pero mal herida…muy mal herida. Su cuerpo se desangraba por los cortes con las chapas. Ella no sabía dónde estaba. No veía ninguna luz ni escuchaba personas en un posible salva taje. Se encontró sola en una playa que no podía ver por lo negro de la noche. La lluvia le golpeaba el alma mientras que a su cuerpo se le escapaba la vida. Unos minutos más tarde murió en lo alto de una dunita...sola. Su cuerpo fue encontrado al otro día por alguien que se percato del naufragio cuando recorría a caballo. Murió sola por completo y sus ojos tan llenos de vacio impresionaron a quien la enterro. Se le construyo un altar a la desconocida mujer. Al no saber su nombre la bautizaron Juanita y así también fue que le quedo el nombre al naufragio. Aun se dice que el alma de “La Juanita” merodea los montes costeros del ministerio de ganadería a orillas de la ensenada de castillos, entre Valizas y Aguas Dulces. No quedan rastros del altar, se los comió la arena pero si queda su historia o por lo menos la leyenda de su final. Cuando camines por la noche de ida o de vuelta los ocho kilómetros que separan los balnearios, cuando sientas que te acechan de entre las sombras y veas pisadas frescas que no son las tuyas…no temas, seguramente es “La Juanita” merodeando en pena esta playa que es su prisionera.